Un suceso en Sokólnik, Liudmila Petrushévskaia

Jean Jacques André

Jean Jacques André

 

Una mujer vivía en Moscú al empezar la guerra. Su marido era aviador y, aunque ella no le querría demasiado, vivían bien. Cuando estalló la guerra, le destinaron a un aeródromo próximo a la capital, y la mujer, Lida, solía ir a visitarle. En cierta ocasión se presentó en la base y le dijeron que la víspera había sido derribado el avión de su marido por allí cerca y que el funeral se celebraría el día siguiente.

Lida asistió al funeral, en el que vio tres ataúdes cerrados, y después regresó a su residencia en Moscú, donde le esperaba una orden para incorporarse a una brigada encargada de cavar zanjas antitanques. No volvió hasta el otoño, y entonces se dio cuenta de que a veces la seguía un joven de apariencia extraña: flaco, pálido, demacrado. Se lo encontraba por la calle, en la tienda donde se abastecía de patatas, de camino a su puesto de trabajo. Una tarde sonó el timbre de su apartamento y Lida fue a abrir. Allí estaba aquel individuo. Dijo:

Lida, ¿cómo es posible que no me reconozcas? Soy yo, tu marido.

Resultó que no le habían enterrado; habían dado sepultura en su lugar a un puñado de tierra. Una ráfaga de viento le había arrojado contra unos árboles, y él había decidido no reincorporarse al frente. Lida no quiso preguntarle cómo había vivido durante esos dos meses largos. Él le contó que había dejado todas sus cosas en el bosque y que había conseguido ropas de civil en una casa abandonada.

Y así reanudaron su vida. A Lida le preocupaba mucho que los vecinos llegaran a enterarse, pero todo fue bien: casi todos habían sido evacuados de Moscú en aquellos meses. Un día, el marido le dijo a Lida que se acercaba el invierno y que deberían ir a enterrar el uniforme que había dejado abandonado entre unos matorrales, antes de que alguien lo encontrara.

Lida le cogió una pala a la portera y se encaminaron hacia allí. Había que viajar en tranvía hasta el barrio de Sokólniki y después adentrarse en el bosque, siguiendo el curso de un arroyo. Nadie los detuvo, y al atardecer llegaron a un extenso claro, en uno de cuyos extremos había un gran cráter de un proyectil. Ya había oscurecido. El marido le dijo que estaba agotado, pero que era preciso tapar aquel cráter, porque recordaba haber arrojado allí su uniforme. Lida echó un vistazo y, efectivamente, vio en el fondo algo que podía ser el mono de un aviador. Empezó a cubrirlo de tierra y el marido no cesaba de apremiarla, porque ya había caído la noche. Estuvo tres horas echando tierra, hasta que se dio cuenta de que su marido había desaparecido. Lida se asustó, se puso a buscarlo, echó a correr y estuvo a punto de caerse al cráter. En ese instante vio que el mono se estaba removiendo en el fondo. Lida salió corriendo. El bosque ya estaba completamente a oscuras, pero Lida consiguió salir de allí al rayar el alba y se dirigió al tranvía. Al llegar a casa se acostó.

En sueños se le apareció su marido y le dijo:

Gracias por haberme enterrado.

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