En el principio, Carlos Sahagún

10. John Atkinson Grimshaw (2)En el principio, el agua

abrió todas las puertas, echó las campanas al vuelo,

subió a las torres de la paz –eran tiempos de paz-,

bajó a los hombros de mi profesor

-aquellos hombros suyos tan metafísicos,

tan doctrinales, tan

florecidos de libros de Aristóteles-,

bajó a sus hombros, no os engaño,

y saltó por su pecho como un pájaro vivo.

Ah no te olvido,

a ojos cerrados te recuerdo tapiando las ventanas,

sobre el papel en blanco de la vida

dejando caer tinteros y palabras de piedra.

Y era lo mismo: yo seguía puro;

los últimos de clase, los expulsados por llevar ternura

en los bolsillos,

seguíamos puros como el viento.

Antes de Thales de Mileto,

mucho antes aún que los filósofos fueran canonizados,

cuando el diluvio universal,

el llanto universal,

y un cielo todavía universal,

el agua contraía matrimonio con el agua,

y los hijos del agua eran pájaros, flores, peces, árboles,

eran caminos, piedras, montañas, humo, estrellas.

Los hombres se abrazaban, uno a uno,

como corderos, las mujeres

dormían sin temor, los niños todos

se proclamaban hijos de la alegría, hermanos

de la yerba más verde,

los animales se dejaban

llevar, no estaban solos –nadie estaba solo-,

y era feliz el aire aun sin ponerse en movimiento,

y en el espejo de una manos llenas de agua

iba a mirarse la esperanza, y estaba limpia y sonreía.

(Aquí quisiera hablar, abrir un libro –aquí

en este instante solo-,

de aquel poeta puro que sin cesar cantaba:

“El mundo está bien hecho, el mundo está

bien hecho, el mundo

está bien hecho…” –aquí en este instante solo-.)

¡Y cómo no iba a estar bien hecho,

si en aquel tiempo las palomas altas

se derretían como copos,

si era inocente amarse desesperadamente,

si las mañanas claras, recién lavadas, daban

su generoso corazón al hombre!

Aquello era la vida,

era la vida y empujaba,

pero,

cuando entraron los lobos, después, despacio, devorando,

el agua se hizo amiga de la sangre,

y en cascadas de sangre cayó, como una herida,

cayó sobre los hombres

desde el pecho de Dios, azul, eterno.