Quinto Alcimio, Pascal Quignard

Evelyne AxellEn otros tiempos, Quinto me amaba. Éramos jóvenes. D. Avitio respiraba aún. Quinto entraba furtivamente por la segunda puerta; la noche era nuestra. Al alba, fingía que se levantaba a regañadientes, buscaba su túnica, decía que dejarme le hacía sufrir. No se daba prisa en atarse las correas de las sandalias. Me besaba la cara y el bajo vientre. Yo me despabilaba. Le decía, ansiosa: “Se va a hacer de día. Date prisa”. Él suspiraba. Este suspiro me parecía un eco del río que atraviesa el Érebo. Se erguía y se quedaba sentado en el lecho. Se anudaba una correa. Se inclinaba de nuevo y me susurraba al oído un deseo que prolongaba algo que me había contado durante la noche. Hacía una breve libación a la aurora, se limpiaba con agua la boca y el sexo, se frotaba los ojos. Yo me deslizaba tras él. Nos mirábamos un momento ante la puerta de doble batiente. Me decía que no le gustaba tener por delante todo un día lejos de mí. Gruñía que esa separación le hacía sufrir. Repetíamos cuatro o cinco veces la cita que habíamos urdido. Yo le ponía la mano en el brazo. Rozaba sus labios con los míos. Él se zafaba de repente y cruzaba la puerta. Yo volvía a la cama en la obscuridad. Me sentaba. Estaba agradecida por haber vivido la noche anterior. Me envidiaba a mí misma, apoyaba los codos en los muslos, me sentía húmeda, olorosa, despeinada. Era feliz, pero derramaba lágrimas entre los ruidos de los gallos y de los cubos. Me gustaba esa especie de pena, ese cansancio, esos olores entremezclados y esa especie de angustia colmada que no siempre se distingue de la náusea y qué se debe a la suma satisfacción.