Un vicio de por vida, Raquel Abend van Dalen

rabe260614

Giacomo Scardanelli se dedicaba a comprar libros. No por coleccionista, sino para gastar sus ingresos siempre de la misma forma. Así la vida era más sencilla. No tenía que pensar en comida, ropa y otras nimiedades. Su casa tenía lo indispensable, así la encontró cuando se mudó. Compraba libros, los apilaba cada mes, uno sobre el otro, hasta acabar el sueldo. Al principio los compraba baratos; después se dio cuenta de que mientras más caros fueran, menos tendría que conseguir y menos tiempo pasaría agrupándolos. Luego, cada diciembre, los donaba a una biblioteca pública para que su casa quedara vacía y pudiera seguir llenándola año tras año.

Los libros siempre llegaban a su puerta: los compraba por Internet. Aterrizaban silenciosos en la alfombra que doña Scardanelli le había regalado. Ella imaginó que los libros tendrían que ser bien recibidos desde el comienzo. De esa forma las historias no la atormentarían. La alfombra era blanca y tenía un rectángulo negro en el centro, más o menos grande, para que el repartidor que trajera al libro supiera exactamente dónde dejarlo. No había que ser muy perceptivo para entender aquella instrucción implícita en la figura geométrica. Los repartidores se sentían irremediablemente atraídos hacia el rectángulo negro de líneas y ángulos perfectos. Y ninguno se atrevía a romper ese sentido de perfección que estaba frente a ellos. Sin darse cuenta, o quizás algunos muy conscientes (por qué no), deslizaban el paquete y luego lo ajustaban en el centro del rectángulo. Así podían sentirse satisfechos, bajar por el ascensor y seguir con sus vidas.

Doña Scardanelli, por su lado, estaba destinada a recolectar las cajas de cartón donde llegaban envueltos los libros. Con ellas tejía sus ropas, cocinaba tres veces al día e incluso cambiaba las sábanas de la cama una vez a la semana. Ninguna caja se desperdiciaba. Incluso con ellas armaba las fachadas de su casa, logrando que siempre aparentara verse moderna de acuerdo a la época. Así aparecieron en la portada de revistas sobre diseño, decoración y arquitectura.

Los métodos para recibir los libros fueron cambiando, pero invariablemente siempre aparecían en el rectángulo negro de su alfombra, frente a la puerta de la casa. Así pasó el tiempo en casa de los Scardanelli, hasta que Giacomo cumplió ochenta años y decidió jubilarse. No es que faltara el dinero –todavía recibía una pensión–, sino que ya no tenía brazos fuertes para cargar los libros. La construcción era tan difícil como la destrucción. Tan pesada y polvorienta. El diciembre de ese año Giacomo no regaló sus libros. Se montó en su escalera rodante y escogió el que estaba en la punta de una torre. Su esposa presenció aquel momento en el que su marido leyó por primera vez las páginas de su colección