Cuca la nana, JCPozo

Hugh Cameron

Nada era más fuerte que Cuca. Nada. Ni las grandes ratas, ni los perros bravos, ni los chiquillos traviesos del barrio, vaya, ni los fantasmas que infestaban la casa.

Con Cuca nadie podía.

Era de cuerpo duro y firme como palo de ocote y de una voluntad tan resuelta que de haber tenido la ocasión de hundirle un cuchillo cebollero a algún intruso, Cuca lo hubiera hecho sin tentarse ni por error el corazón y, después de apuñalarlo, se hubiera ido a la cocina a terminar su tortilla quemada y a acabar de escuchar su canción.

De facciones afiladas y endurecidas por tanta arruga, correosa como cuero de huarache y con todos los años del mundo al servicio de otros, en un día poco extraño Cuca correteaba por el patio a un fantasma muy difícil; a uno de ésos de cara descarnada y ojos prendidos que se la vivía metido en las pesadillas de todos en la casa.

Y es que no había hecho que la violentara más, que el que se metieran con su protegido, su niño, mi hermano, a quien ella cuidaba mucho más allá de lo celosamente posible; y como esa vez el fantasma le había puesto tremendo susto a su pobre angelito, pues ya sabrán:

Flotando veloz en su vestido de algodón blanco, el puño agitándolo en lo alto y vociferando conjuros que salían de una garganta a punto de reventar, fue como la vimos despedir para siempre al insidioso fantasma; desafortunadamente, como testigos de la dramática expulsión, todos ahora nos levantamos en medio de la noche con la frente fría y el corazón acelerado, perturbados por la presencia de Cuca flotando con su vestido blanco a través de nuestros sueños.