Un arquiterror, José Urriola

1Al arquitecto siempre le habían llamado la atención las pintadas en las paredes, los grafittis y las cosas raras que la gente escribe en las puertas de los baños públicos mientras terminan de hacer lo que vinieron a hacer sobre la taza del excusado. Se fascinaba y se obsesionaba como si todo aquello le estuviera murmurando un mensaje superior que sólo él sería capaz de descifrar. Algún día comprendería. Y llegó, legó el día en que lo entendió todo. Porque todo se conectaba. Todo era parte de una misma historia que estaban escribiendo sin saberlo todos aquellos que rayaban sobre las paredes y puertas y techos dejando marcas y cicatrices en la superficie de la ciudad. Una obra absoluta que se escribía, se pintaba, se rescribía y se redimensionaba cada vez que alguien dejaba un trazo en la epidermis. Lo único que tenía -y podía- hacer él era recortar los tatuajes, ponerlos en orden, reconstruir el cuento en un solo cuerpo. Era más una labor de costurera que de arquitecto, un asunto de coser más que de diseñar. Sin embargo se dedicó a cortar y pegar, a buscar la frase exacta de aquél baño de mujeres del bar que le iba perfecta al dibujo bajo el puente. Y el graffiti bajo el puente no estaba completo sin lo que le escribieron al sádico en el muro del colegio de señoritas. Y la pintada de ese muro no significaba todo lo que podía sin lo que rayó aquel estudiante de ingeniería en el pupitre para zurdos del quinto piso de la universidad. Había que despedazarlo todo, sacarlo de sitio, volverlo a juntar en donde siempre debió estar, tejerlo en un lugar de donde sin saberlo se había fugado.

La obra del arquitecto se convirtió en el penetrable más grande del mundo. Y cuando murió el autor –dicen que frisado dentro de la estructura pues su cuerpo no se encontró jamás- la gente de libre iniciativa lo siguió construyendo. Se aparecían en las puertas con pedazos de mundo, trozos de cualquier cosa traídos de quién sabe dónde, se despedían de sus familiares y amigos, entraban sin mirar atrás y de allí no salían nunca más.

Las autoridades clausuraron el lugar porque aquel edificio se consideró una casa de locos, un manicomio titánico. Entenderlo todo es un tipo abominable de locura, dijeron. Era un asunto de seguridad social, de sanidad mental, así que bloquearon los accesos con un muro aún más grande que aquel que alguna vez dividió a Berlín. El manicomio pasó a ser una prisión, una de psicóticos peligrosos condenados por libre elección a cadena perpetua.

Afuera, hoy día, los transeúntes escuchan ruidos. Cosas que se caen, cosas que se desgarran, golpes, derrumbes, fracturas, desmoronamientos, gritos, risas. Son los locos que se caen a cuentos, dicen, que se andan inventando historias.

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