Sin luz artificial, María del Carmen Pérez Cuadra

2. Serge MarshennikoDesde el fregadero se puede ver hacia la calle sin ser visto. El vidrio de la ventana es de doble acción, él siempre creyó que las revistas Vanidades dan buenas ideas. Los heliotropos se han marchitado y la niña de las flores hace ya casi una semana que no aparece. Muriel es un hombre maduro pero tiene la piel suave y firme, como las nalgas de un adolescente. Se ha rasurado el pecho para verse más provocativo, y se pasea a caballo con la mitad del cuerpo desnudo, sus cabellos teñidos de rubio parecen naturales sobre su piel cobriza. Lo veo desde aquí, desde mi muralla de platos sucios. Conquistar nuevas mujeres, confiando quizá en que nadie puede verlo. No sabe, nunca ha entrado a mi cocina. Muriel vive frente a mi casa. A veces sus amantes se acicalan, como parte del rito furtivo, frente al espejo de mi ventana. Mido sus pechos con respecto a los míos, imagino si caben perfectamente en las manos tibias de Muriel. Observo detenidamente la curvatura de los cuellos sintiendo a veces el temblor tibio de sus besos… él es como un dios perverso que las ama y las desecha como estopas de naranja.

Desde el mueble de los platos de porcelana, que me opaca con su brillo veteado de madera preciosa, casi a escondidas y sin proponérmelo, escucho a mi esposo hablando con Muriel, que está orgulloso de mí que soy una mujer perfecta. Muriel se queja de mi silencio permanente. Mi esposo señala que es parte de mi perfección, «la sabiduría del silencio» dice. Porque Muriel no sabe qué es el silencio, cada conquista es relatada en su círculo de amigos con cada detalle de peso y talla. Aunque yo no los escucho, puedo leer sus labios desde mi cocina. El árbol que está entre su casa y la mía, casi en medio de la calle, es testigo del deseo de exhibir que tiene Muriel. Yo, en cambio, prefiero el silencio, mi privacidad.

La niña de las flores volvió con su sonrisa de hojalata a contarme que está yendo a la escuela por la tarde. Esa es la razón de su tardanza, me muestra un poema que ha escrito:

Rosa sangre de Cristo, llevo en las venas

Borrar las penas con azucenas,

el olvido con menta, aunque duela

para seguir, el camino en la suela

que señala el corazón y no la abuela

Me pregunta si me ha gustado. Ya es casi una mujer, es una buena idea expresar los pensamientos, ojalá que estudie y se supere. Mi esposo dice que las mujeres no pensamos, que solo flotamos para chocar con el filo de las ideas, que nuestra inteligencia la expresamos con las manos cuando cocinamos, bordamos o sabemos dar consuelo con el tacto. Que las mujeres estamos hechas de amor y llanto, las buenas, y de envidia y llanto, las malas. «Y qué saben Uds. las mujeres sino de filosofías de cocina». Le doy a la niña el consejo que siempre me da mi esposo:

Leé libros de poesía, si creés que es lo que te gusta.

Los días pasan sin que ninguno se entere de que no soy ni buena ni mala, ni dulce ni salada, sólo soy yo, el compás de mi corazón, el brillo de mi piel, el color del cabello que va desapareciendo. Si sabe cómo, si toma conciencia de qué camino seguir, la niña de las flores llegará lejos. Le dará una lección a su propia madre.

Calor en madrugada lunar. La sed ha conseguido que me levante, el insomnio por sed no es aconsejable para nadie. Desnuda porque hoy cumplí con el débito marital, nadie que me vea, nadie que se entere de que existo en esta casa de nuevo rico en barrio de pobres. Mis cactus y mis violetas también necesitan agua. La luz de luna que entra por la ventana es abundante por eso no necesito luces artificiales. Quizás éste es el momento de libertad más importante de mi vida.

Frente a mis ojos está Muriel recostado junto al árbol de mangos, como siempre, ni se imagina que lo veo, esta vez apretándole las nalgas escuálidas a la niña de las flores. Los pechitos de botón de rosa y su escapulario no parecen indefensos en manos suyas, parecen perversos, jóvenes y envidiables. Las caricias grotescas, casi de animal, de Muriel le han arrebatado la falda, exhiben una curva suave de la cadera virgen, la apertura del trasero, el sexo tibio y palpitante. La migraña nocturna me azota las sienes. Mi vaso con agua cae al piso haciéndose añicos. La pareja se pone alerta al escuchar el ruido. Trato de recoger los vidrios rotos y sólo consigo ver mi sangre brotando de las heridas. Quiero llorar y no puedo. Ordeno, limpio, recojo, como siempre hago con todo. Me incorporo para ver lo que sucede afuera, es el padre de la niña. Los tres discuten casi en silencio pero con mucha tensión. El papá de ella andaba por allí de madrugada muy borracho, intenta pelear con Muriel, pero éste lo noquea casi sin esforzarse. El padre se va, una nube parece cerrar el espectáculo que veo desde el vidrio de mi ventana. Yo lo escogí así, mi esposo no lo ve como el espejo de Law and order porque no le gusta ver televisión. Yo me siento jueza, porque desde aquí puedo dictar el veredicto que jamás nadie escuchará. Entonces pruebo la sal de mi sangre y las puntas erectas de mis senos. Lo veo. Viene caminando despacio y seguro, ellos debían haberlo visto, la nube se fue, pero están demasiado entregados el uno al otro como para darse cuenta. Entonces el novio de la niña la arrastra y la separa de Muriel con fuerzas, sujetándola del pelo negro lacio ahora vuelto una maraña.

La niña trata de interceder pero es catapultada por su novio. El novio saca una pistola de su chaqueta y apunta hacia Muriel. ¿Pero qué podía yo hacer? ¿Hablarle a mi esposo? ¿Salir a la calle gritando como que Muriel me importara un poco? ¿Dejar que Muriel recibiera por fin su castigo? Mi reflexión es muy larga, el joven le ha disparado en el pecho a la niña de las flores. Madrugada de noviembre. ¿Quién diría Muriel, que morirías a causa de tus andanzas con un disparo en la frente y otro en el sexo?

Mi esposo llega a pedirme algo, me dice que vayamos a acostarnos, que hace frío. Le pregunto que si escuchó los disparos, me dice que no, que él se estaba duchando. «Imaginaciones tuyas» Se va a acostar nuevamente.

Bajo la oscuridad crepuscular entra una vecina por la puerta del patio que siempre dejo abierta. Enciende las luces. Que llame a la policía, hay un muerto en la calle.

Yo le contesto:

Son dos, —llame usted porque yo estoy desnuda.

La verdad es que tengo las manos manchadas de sangre.