Las rapaces Harpías, Pilar Pedraza

HarpyieHesíodo conoce dos Harpías, llamadas Aelo (“la tempestuosa”) y Ocípeta (“la del rápido vuelo”), hijas de la oceánica Electra y de Taumante, hembras voladoras, veloces y de hermosos cabellos, hermanas de la mensajera celeste Iris. Homero añade a esta corta lista una más, de nombre Podarga (“la de blancos pies”), que fue fecundada por el Céfiro en la llanura del Océano y parió a Janto y Balio, corceles de Aquiles. En la Eneida se lee el nombre de una cuarta, Celeno (“la sombría”).

Virgilio las describe con palabras muy expresivas:

No hay monstruo más terrible que ellas, ni se levanta de las olas del Estige una peste y una cólera de los dioses más cruel. El rostro de estas aves es de doncella, las deyecciones de su vientre son repugnantes, sus manos corvas y su faz siempre lívida de hambre. (Eneida, III, 209)

Ariosto, siguiendo a Virgilio, se refiere también a su lividez, su aspecto macilento, sus garras curvas, su hedor; pero les añade un espanto más -que tuvo extraordinaria fortuna iconográfica, porque las diferencia de las Sirenas-: la cola de serpiente.

Tras haber sido arrojadas por lo Boréadas de Tracia y por los troyanos de las islas Estrófades, las Harpías habitan en los Infiernos, donde las encuentra Dante, en un bosque espinoso y sin senderos, anidando en árboles retorcidos y nudosos.

Como doncellas voladoras, son emisarias del Hades -del mismo modo hermana iris lo es del Olimpo- y raptoras de almas, función que comparten con las Sirenas, con las que a veces se confunden cuando son figuradas -en tumbas y vasos griegos pintados- llevando entre las garras un hombrecillo desnudo que representa al muerto.

En el canto I de la Odisea, Homero hace decir a Telémaco que su padre “desaparecido sin gloria, arrebatado por las Harpías”. Y en el canto XX, Penélope ruega a los dioses que le den una muerte semejante a la de las hijas de Pandáreo, que fueron raptadas por las Harpías en plena juventud.

Pero no es el carácter infernal y funerario el que ha hecho la fortuna posterior de las Harpías, sino el episodio de Fineo, que explica la avidez, lividez y rapacidad de estas criaturas en la descripción de Virgilio. Fineo, viejo adivino ciego y rey de Tracia, es acosado -por el castgo divino- por las Harpías, que, cada vez que se asienta a la mesa, salen del mar y le arrebatan los alimentos o los ensucian con sus repugnantes deyecciones. Cuando los Argonautas pasan por sus dominios, el desgraciado monarca -al que el azote de las ogresas ha convertido en un guiñapo negruzco- le pide ayuda contra ellas, a cambio de informar sobre el camino de la Cólquide. Dos de los expedicionarios, los rápidos semidioses Zetes y Kalais, hijos de Bóreas, las persiguen y expulsan del reino.

La escena está representada en varios vasos griegos, en los que se ve a Fineo recostado en su lecho de banquete, con los ojos cerrados para indicar su ceguera, y a los alados Boréadas volando en pos de las Harpías, de las que sólo se diferencian por su atuendo masculino. Iris, la mensajera de los dioses, impidió que los hijos del viento acabaran con las “perras del gran Zeus”, como las llama Apolonio de Rodas; aunque hay quien dice que ni siquiera pudieron darles alcance, porque eran invencibles en el vuelo.

Los poetas y mitógrafos no están de acuerdo sobre la causa de los males que atormentaban a Fineo, la ceguera y el acoso al que le sometían las Harpías. Se dice que cambió el don de la vista por el disfrute de una larga vida, y que Helios le castigó por ello, y también que había incurrido en la ira de Zeus por haber revelado oráculos y misterios del futuro a los hombres, o bien por haber cegado a sus propios hijos, Plexipo y Pandión, habidos en su matrimonio con la Boréada Cleopatra, a instancias de su segunda mujer. Sea como fuere, lo importante es esta historia es la naturaleza del castigo, consistente en una continua frustración alimentaria, como en el caso de los otros dos grandes hambrientos de la mitología griega. Midas y Tántalo.

Pero la ilustración de Fineo no se debe, como la de éstos, a un prodigio impersonal y automático, sino al ataque de unos monstruos femeninos rapaces, voraces, pálidos de hambre no saciada -como la del propio rey-, que, precipitándose sobre las mesas del banquete, derriban las copas, pisotean manteles, arrebatan y mancillan los alimentos. Es éste precisamente el sentido que conserva la Harpía en la memoria colectiva occidental, el de avariciosa famélica, insaciable devoradora de cuanto cae bajo su mirada de águila.

El Renacimiento y el Barroco dieron a la Harpía un lugar en las complicadas simbologías de la Emblemática, haciendo de ella una imagen jeroglífica de la cura, es decir de la preocupación, de la inquietud, de la obsesión devoradora, especialmente en el contexto de la Avaricia. En algunas de las láminas del Teatro moral de la vida humana, de Otto Vaenius (1669, primera edic. 1607), vemos diminutas y vivaces Harpías salir de los sacos de oro de los avaros e invadir sus casas como una plaga de langostas.

Hace pocos años, el director cinematográfico belga Raoul Servais nos ofreció una interesante variación sobre el mito de Fineo, en su cortometraje titulado Harpya (1979), en el que un hermoso monstruo andrógino de lunar palidez, cráneo calvo, rostro minuciosamente maquillado de blanco, grandes alas y pechos femeninos, es salvado in extremis de un agresor, que pretende acabar con él, por un Fineo moderno. Adopta éste amablemente a la Harpía rescatada, de quien al parecer se ha enamorado, y la instala en su casa. Pero no tarda en ser víctima de su voracidad insaciable, bajo la que caen todos los alimentos que quepa imaginar -incluso las frutas pintadas de los bodegones que cuelgan de las paredes- y, más tarde, el cuerpo mismo del huésped, cuyas piernas son roídas en un santiamén por la Bella.

Finalmente, Fineo intenta matarla, pero un nuevo incauto -futura víctima- la salva, recomenzando el ciclo eterno de este tipo peculiar de parasitismo.

*

Actualmente, las Harpías abundan muchísimo, tal vez incluso más que las Esfinges y el resto de las Atroces. Sabemos -porque contamos con finos instrumentos de análisis- que sus lágrimas son lejía, que vomitan ácido sufúrico y que, cuando escupen, hacen grandes agujeros en los sueños. Es su risa sonora, hueca y poco profunda, generada en la bóveda del paladar y no en el pecho, o bien fina y como de falsete -muy peligrosa esta última, más irritante la primera-. Uñas largas y pintadas de escarlata rematan sus dedos nudosos, cargados de anillos de oro verde y piedras falsas: manos que sugieren gran manejo de recibos estampados en papel barato, rosarios de cuentas sintéticas, preservativos y cuchillos. Las Harpías sufren de pies fríos y sus narices destilan perpetuamente un moquillo delgado, semejante por su química al aceite de ricino.

Sabemos también el por qué de su hambre sempiterna, que hace que sus tripas rujan como cañerías: se debe al hecho de que los ácidos de sus estómagos son tan corrosivos que disuelven los alimentos apenas los engullen. A ello se une la circunstancia del tremendo vacío que hay en el interior de su ser, que – a modo de gran bostezo- fagocita y aniquila sin descanso, y también sin ton ni son, cuanto pedazo del Universo se ofrece a sus ojillos pitarrosos..

Las Harpías antiguas solían tener con los Vientos unos amoríos a resultas de los cuales echaban al mundo rapidísimos caballos, montura de los héroes. Las modernas llevan una existencia estéril: no tienen hijos, no plantan árboles, no escfriben libros -aunque sí gustan de roer los ajenos, y hasta de babearlos-. Esta absoluta aridez se debe a su naturaleza centrípeta: lo absorben todo, pero no son capaces de entregar nada al mundo. La sola idea de algo que salga de sus cuerpos le produce náuseas y mareos.

Achaques de arpía son los de la envidia, que todo lo inficiona, y, a fuer de basilisco, su mirar es matar…. (Gracián, El discreto, XIII)

Los ojos de las Harpías son negros y pequeños como cabezas de alfiler de luto, con los párpados inferiores algo fláccidos y desdibujados, y los superiores cruzados por una finísima red de venillas moradas. Parecen flotar a la deriva en la causticidad de sus lágrimas y crian legaña amarilla.

Todo el mundo sabe que a las Harpías les gusta refugiarse detrás de los visillos de encaje poco tupido, pero tal vez ignoran lo mucho que estornudan a causa del polvillo que suele acumularse en ellos. Cuéntase de una Harpía que vivió en Rávena en el siglo XVI, que, en uno de esos desahogos del aparato respiratorio, echó fuera su vacío, comenzó a engordar y a perder el color de difunta, sus jugos gástricos bajaron de acidez y se convirtió en una excelente esposa y madre de familia, amada y respetada por sus propios y ajenos.

Las Harpías son la viva estampa del estreñimiento, y sus deyecciones, escasas, hieden espantosamente.

Carecen de zonas erógenas y de sentido del humor.

.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s