Los temperamentos, Antón Chejov

Balthasar Denner

El sanguíneo

Todas las impresiones repercuten en él de modo ligero. En la juventud es un bebé y un bribón. Les dice groserías a los maestros, no se corta el cabello, no se afeita, usa lentes y mancha las paredes. Estudia mal, pero termina los cursos. No obedece a los padres. Cuando es rico, es un petimetre; siendo ya pobre, vive como un cerdo. Duerme hasta las doce, se acuesta a una hora indefinida. Escribe con faltas. La naturaleza lo trajo al mundo sólo para el amor. Nunca está en contra de beber hasta perder el sentido; tras embriagarse por la noche hasta los diablitos verdes, se levanta animado, con una pesadez en la cabeza apenas notable, sin necesitar de la similia similibus curantur [“lo similar cura lo similar”]. Se casa sin intención. Lucha con la suegra eternamente. Se pelea con la parentela. Miente a lo loco. Ama terriblemente los escándalos y los espectáculos aficionados. En la orquesta, es el primer violín. Siendo ligero, es liberal. O nada lee en absoluto, o lee con pasión. Le gustan los periódicos, y él mismo no está en contra de ser un poco periodista. El buzón de correo de las revistas humorísticas ha sido inventado, exclusivamente, para los sanguíneos. Es constante en su inconstancia. En el servicio, es un funcionario de encargos especiales, o algo semejante. En el gimnasio, enseña literatura. Rara vez sirve hasta consejero civil activo; si sirve hasta eso, se hace flemático y a veces colérico. Los granujas, los bribones y los tunantes son sanguíneos. Dormir en una habitación con un sanguíneo no se recomienda: cuenta chistes toda la noche y, si no hay chistes, censura a los allegados o miente. Muere de enfermedad de los órganos de digestión y de extenuación prematura.

El colérico

Bilioso y de rostro amarillo-grisáceo. La nariz un poco torcida, y los ojos le dan vueltas en las órbitas, como los lobos hambrientos en la jaula estrecha. Irritable. Por la picada de una pulga o el pinchazo de un alfiler, está dispuesto a hacer todo trizas. Cuando habla, salpica y muestra sus dientes cafés o muy blancos. Está profundamente convencido de que, en invierno “sabe el diablo qué frío hace…”, y, en verano, “sabe el diablo qué calor hace…”. Cambia de cocinera cada semana. Al almorzar, se siente muy mal, porque todo está refrito, resalado… En su mayor parte, es soltero; y, si está casado, pues encierra a la mujer bajo llave. Es celoso, hasta el diablo. No entiende las bromas. No soporta nada. Lee los periódicos, sólo para injuriar a los periodistas. Ya en el vientre de la madre, estaba convencido de que todos los periódicos mienten. Como marido y amigo, es imposible; como subordinado, apenas es pensable; como jefe, es insoportable y bastante indeseable. No raras veces, por desgracia, es pedagogo: enseña matemática y lengua griega. Dormir con él en una habitación no lo aconsejo: tose toda la noche, gargajea y maldice en voz alta a las pulgas. Al oír por la noche el canto de los gatos o los gallos, tose y, con una voz trémula, manda al lacayo al tejado a agarrar y, sea como sea, ahorcar al cantor. Muere de tuberculosis o enfermedad del hígado.

El flemático

Es un hombre gentil (hablo, se entiende, no del inglés, sino del flemático ruso). El aspecto más ordinario, grosero. Siempre está serio, porque le da pereza reírse. Come cuando sea y lo que sea; no bebe, porque le teme a la apoplejía. Duerme veinte horas al día. Miembro seguro de todas las comisiones, asambleas y reuniones urgentes posibles, en las que nada entiende, dormita sin escrúpulo de conciencia y espera el final con paciencia. Se casa a los treinta años, con la ayuda de los tíos y las tías. Es el hombre más cómodo para el casamiento: conviene con todo, no murmura entre dientes y es complaciente. A la mujer la llama “almita”. Le gusta el cerdo con rábano, las canoras, todo lo amarguito y friecito. La frase Vanitas vanitatum omnia vanitas [“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”] fue inventada por un flemático. Se enferma sólo cuando lo eligen para jurado. Al divisar a una mujer gorda, grazna, mueve los dedos e intenta sonreír. Se enfada porque, en la revista ilustrada de la vida moderna a la que está suscrito, no colorean los cuadritos y no escriben nada cómico. Considera que los escritores son las personas más inteligentes y, al mismo tiempo, las más perniciosas. Lamenta que no zurren a sus hijos en el gimnasio, y él mismo no está en contra de cortarlos. En el servicio, es dichoso. En la orquesta, es el contrabajo, el fagote, el trombón. En el teatro, es el cajero, el lacayo, el apuntador y, a veces —para comer—, el actor. Muere de parálisis o hidropesía.

El melancólico

Los ojos grises-azules, dispuestos a lagrimear. En la frente, y junto a la nariz, las arrugas. La boca, un poco torcida. Los dientes, negros. Propenso a la hipocondría. Siempre se queja de la punzada de hambre, la punzada en el costado y la mala digestión. Ocupación preferida: pararse frente al espejo y examinar su lengua flácida. Como piensa que es débil de pecho y nervioso, toma una fuerte infusión de hierbas y raíces, en lugar de té; y, en lugar de vodka, elixir vital. Asegura a sus allegados —con pesar y lágrimas en la voz— que las gotas de laurel y de valeriana ya no le ayudan… Supone que no molestaría tomar un purgante, una vez a la semana. Hace tiempo decidió que los doctores no lo entienden. Sus bienhechores son curanderos, curanderas, murmuradores, enfermos borrachos y, a veces, las comadronas. Se pone la pelliza en septiembre, se la quita en mayo. Sospecha que cada perro tiene rabia. Desde que un amigo le informó que los gatos están en condición de ahorcar a una persona dormida, los considera enemigos implacables de la humanidad. Hace tiempo que tiene preparado el testamento espiritual. Jura y rejura que no bebe nada. Rara vez toma cerveza caliente. Se casa con la huérfana. A la suegra, si la tiene, la llama hermosa y sabia; escucha sus sermones callado, ladeando la cabeza; besar sus manos rollizas, sudorosas, olorosas a pepino en salmuera, lo considera su más sagrado obligación. Mantiene activa correspondencia con tíos, tías, madrina y amigos de infancia. Durante la lectura de un periódico, sintió pesares, palpitación y una nebulosa en los ojos; entonces, lo dejó y no lee periódicos. Lee, calladito, ginecólogos franceses. Sufre de lagrimeo y pesadillas. En el servicio, no es dichoso en particular: más allá de ayudante de jefe del despacho no llega. En la orquesta, es la flauta y el violonchelo. Suspira día y noche y, por eso, dormir con él en una habitación no lo consejo. Presiente los diluvios, los terremotos, la guerra, la caída definitiva de la moralidad y su propia muerte de alguna enfermedad terrible. Muere de una lesión de corazón, de la cura de una curandera y, a menudo, de hipocondría.