Rincones, Antonio Di Benedetto

1Creo que era amor y, sin embargo, no perseveramos.

A los diez años de ese encuentro/desencuentro, me di de frente con ella al entrar a una oficina.

Hablamos. Yo me había casado, ella no, pero no insinuó que me culpara de su soltería.

Quiso defenderse de lo que ya había pasado, y dejó caer un cargo trivial:

No te entendía, Pedro. Tu carácter tan complejo…

Dejó colgado el reproche caduco y se recompuso para confesar su propia debilidad:

Bueno, si yo tampoco entiendo las cuestiones más simples.

Opiné que ella perseveraba en dañarse con su excesiva modestia. Lo aceptó, a su manera:

No sé… Soy así. Siempre me encontrarás en los rincones…

Enseguida, esa mañana, nos dejamos ir.

Después, al descender de un autobús, otro autobús tronchó su cuerpo.

Lo supe por un diario de la tarde. Acudí con el pequeño cortejo de sorprendidos y dolientes que ella podía concitar.

Alguien había ejercido la piedad de componer, aunque toscamente, su faz muy malherida. Pero nadie tuvo la compasión de cubrir el óvalo de vidrio del ataúd, para que no nos detuviéramos ante el rostro mancillado.

Ya no era ella.

Ahora me deslizo por los rincones. Los rincones que poseen las casas que construyen los hombres y los rincones que tienen los espacios abiertos: calles, plazas, alamedas. La busco.


 

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