Júpiter y Leda, Raimon Arola

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Según una conocida leyenda, Leda era una bella princesa hija de Testio, rey de Etolia, y esposa de Tindáreo. Un día Júpiter la vio bañándose en el río Eurotas e inmediatamente fue preso de un intenso amor por ella, como en tantas otras ocasiones en las que el espíritu universal se siente atraído por la belleza de los cuerpos. Júpiter le pidió entonces a Venus que se convirtiera en águila y él tomó la forma de un blanco cisne, el águila simuló estar persiguiendo al cisne, por lo que éste buscó refugio entre los brazos de la bella princesa con quien finalmente se unió. A los nueve meses Leda puso dos huevos, de uno nació Pólux y del otro Cástor, al primero se le considera hijo de Júpiter y por lo tanto inmortal, mientras que el segundo se dice que era fruto de Tindáreo y en consecuencia de naturaleza mortal.

La vida de Cástor y Pólux fue muy agitada y llena de combates, en uno de ellos Cástor fue muerto por Linceo, pero cuando Pólux lo vio, pidió a su padre Júpiter que permitiera a su hermanastro compartir la eternidad con él, a lo cual accedió Júpiter y los catasterizó a ambos en la constelación de los Gemelos o Géminis.

Pero para que Cástor pudiera ser inmortal Pólux debió bajar a los infiernos y allí recoger a su hermanastro muerto, tal como lo explica Virgilio: «Pólux recobró a su hermano, muriendo en su lugar, y anda y desanda tantas veces su camino» (Eneida VI, 121); en la Odisea también leemos una cosa parecida: «en turno van viviendo y muriendo uno y otro al cambiar de los días y reciben honor semejante a los dioses» (XI, 302).

Este proceso es explicado por Boccaccio en los siguientes términos: «mientras uno desciende a los infiernos, a saber, el que muere primero como mortal, el otro está como divino entre los dioses, y al revés» (Genealogia deorum gentilium), es decir, cuando el inmortal desciende a los infiernos, el mortal, Cástor sube a los cielos.

La alternancia entre la vida y la muerte de los hijos de Leda, parece enseñar los misterios profundos de la doble naturaleza del hombre. Una parte, representada por Cástor, es el hombre carnal, fruto de la caída de los primeros padres, el otro, Pólux, representa la semilla celeste enterrada en el corazón del hombre. Uno y otro se necesitan, pues Pólux no puede encarnarse sin Cástor, ya que gracias a él desciende desde la morada de inmortalidad hasta el oscuro infierno, así mismo, Cástor no puede divinizarse sin Pólux.

La alternancia entre la muerte y la vida de estos dos héroes parece señalar también las sucesivas transmisiones que configuran la auténtica cadena de la tradición.

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