El Puente de Arta, Canción tradicional griega

(3)Cuarenta y cinco maestros y sesenta aprendices

ponían los cimientos de un puente en el río de Arta.

Todo el día lo levantaban, por la noche se venía abajo.

Se lamentan los maestros, lloran los aprendices.

-¡Qué dolor de nuestros esfuerzos, qué pena de nuestro trabajo!

¡Todo el día levantándolo, para que por la noche se venga abajo!

Pasó por allí un pajarillo y se sentó frente al río.

No cantó como pájaro, ni como golondrina tampoco,

que cantó con voz humana, y de esta manera decía:

-Sin el alma de una persona dentro, el puente no se asienta.

Y no la de un huérfano, ni de un extranjero, ni un caminante,

sino la de la bella esposa del maestro de obras,

que trae la comida al alba y bien entrada la noche.

Lo oyó el maestro de obras y se sintió morir.

Manda recado a la juncal muchacha con el ruiseñor:

Que se vista y se cambie con lentitud, con lentitud traiga la comida,

con lentitud vaya a cruzar el puente de Arta”.

Pero mal entendió el pájaro, y de otro modo le dijo:

Vístete deprisa, deprisa cámbiate, deprisa lleva la comida,

deprisa ve a cruzar el puente de Arta”.

Allá que aparece por el camino blanco.

Al verla el maestro de obras, se le parte el corazón.

Desde lejos los saluda, de cerca les dice:

-Hola, saludos, maestros, y a vosotros, aprendices.

¿Qué tiene el maestro de obras, que está tan afligido?

-Se le ha caído el anillo en el primer arco,

y ¿quién entrará y saldrá para encontrar el anillo?

-Maestro, no te disgustes, que yo iré a traerlo,

yo entraré y saldré para encontrar el anillo.

Ni bajó del todo ni llegó a la mitad.

-Súbeme con la cadena, mi bien, súbeme con la cadenita,

que he revuelto cielo y tierra y no he hallado nada.

Uno enfosca con la paleta, otro con la cal,

va el maestro de obras y arroja una gran piedra.

-¡Ay de nuestra estrella, pena de nuestro destino!

Tres hermanas somos, las tres malhadadas.

Una construyó el Danubio, otra el Eúfrates,

y yo, la más pequeña, el puente de Arta.

Igual que tiembla la hoja del nogal, tiemble el puente,

igual que caen las hojas de los árboles, caigan los caminantes.

-Muchacha, cambia tus palabras y echa otra maldición,

que tienes un único hermano, no vaya a ser que pase.

Y ella cambió sus palabras y echa otra maldición.

-Si tiemblan los fieros montes, que tiemble el puente,

y si caen las aves silvestres, que caigan los caminantes.

Que tengo un hermano emigrante, no vaya a ser que pase.