Júpiter y Dánae, Raimon Arola

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La leyenda que narra la concepción de Perseo siempre ha sido considerada por los alquimistas como una de las más próximas al desarrollo de su arte. La historia es muy conocida, por ello la resumiremos brevemente: Acrisio, rey de Argos, por un oráculo tuvo noticia de que su hija Dánae tendría un hijo que sería el causante de su muerte, para evitar este destino fatal, encierra a su hija en un subterráneo o en una torre de bronce, según las fuentes, donde ningún varón pudiera llegar. Sin embargo, Júpiter se enamoró de la joven princesa y se introdujo en su aposento convertido en lluvia de oro para poder amar a la bella princesa, de tal unión nació Perseo.

La relación de la fábula con el lenguaje alquímico parece más que evidente y confirma el estrecho vínculo entre la mitología y las operaciones de la gran obra. La torre en la que está encerrada Dánae representa el vaso químico en donde se desarrollará la conjunción del fijo y el volátil; es decir, de la materia, representada por Dánae, y de Júpiter, el oro de los Filósofos.

La alquimia es el conocimiento de los misterios del oro, que primero es espiritual y después físico. La lluvia de oro es el primer estado del oro, que al unirse con Dánae se convertirá en el oro físico. Creemos oportuno repetir aquí un fragmento de un texto del barón d’Hooghvorst que hemos citado en la introducción general: «El tema de toda Revelación es la gnosis del oro físico, el sol terrestre […]. Alcanzar el secreto de la gran obra es meditar largo tiempo, con la ayuda de Dios, sobre la naturaleza del oro, a fin de saber de dónde viene y adónde debe ir, según el Arte; ya que el oro tiene un origen y un fin, es decir, una perfección […]. Así, pues, nuestro oro puede ser volátil o fijo, espiritual o corporal» (El Hilo de Penélope).

La leyenda de Dánae narra en primer lugar el origen espiritual y volátil del oro que es recibido en el seno de una materia virginal, allí este oro madurará y llegará a la perfección, que es el hijo del cielo y la tierra.