Divagación sobre el miedo, Peter Handke

Jean Dubuffet - Coucou BazarTú siempre tienes miedo, miedo, miedo”, me dijo ayer un niño y lo dijo considerablemente aburrido… ¿Cuándo efectivamente no tengo miedo? Muy a menudo, casi siempre: pero cuando siento miedo aparece de nuevo la sensación de que ahora me toca a mí, de que ahora empieza la vida. Al no tener miedo me siento, o bien abotargado, o bien tan feliz que la felicidad me irrita y considero cualquier sinuosidad del entorno como un obstáculo a mi felicidad. Todavía no he aprendido a mantenerme razonable en la felicidad y a ser atento con los demás. Muy pocas veces se alcanza la felicidad razonable, la que no excluye del entorno, sino que lo abre a ella. Eso sería la existencia deseada; pero en mi camino hacia ella empujo ese miedo, que hace abrir los ojos a mi cegadora, irascible y agresiva felicidad, cuya súbita malignidad reencuentro, asustado, en otros fanáticos de la felicidad. ¿De qué, pues, se tiene miedo? Para mí es una pregunta incomprensible. Simplemente tengo miedo, como tengo sueños, como tengo dolor de cabeza, como tengo recuerdos; las particularidades extremas sólo suscitan el miedo. “Temor pánico” llamaban los griegos a ese miedo sin causa determinada. Sí, cuando tengo miedo brota dentro de mí un pánico, un silencioso, cálido y tranquilo pánico, casi como el del Bambi de Walt Disney, acurrucado por el temor, o de todas formas algo parecido…, y quizás tal vez igual de kitsch; y muchas veces también, como el asustadizo Bambi, ese miedo me ataca los nervios. ¿Qué hay, pues, en ello de expansivo? No creo que sea el estado de miedo, sino el estado posterior (cuando el miedo ha desaparecido ya). Entonces se crea una sensación muy próxima a la felicidad razonable; una sensación de existencia y de las condiciones de la existencia de los otros hombres, una sensación fuerte, social y compartible. Por eso no puedo consentir que mi miedo me afecte únicamente los nervios y por eso escribo sobre él. ¿Y el miedo a la muerte? “¿Es conveniente temer una cosa tan breve durante tanto tiempo?”, leo en los Essais de Montaigne. ¡Oh, sí, oh, sí! ¿Y el aburrimiento de los niños? Oh, podría explicar tantas anécdotas cómicas sobre mis miedos que, finalmente, incluso podría llegar a hacer reír a un niño.