Magia y felicidad, Giorgo Agamben

James TissotWalter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que “los adultos sean más fuertes, sino su incapacidad para la magia”. La afirmación, hecha bajo el efecto de una dosis de veinte miligramos de mescalina, no es por eso menos exacta. Es probable, de hecho, que la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esa conciencia de no ser capaces de magia. Aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Sólo la magia puede hacerlo. Lo que no se le escapó al genio infantil de Mozart, quien en una carta a Bullinger señaló con precisión la secreta solidaridad entre magia y felicidad: “Vivir bien y vivir felices son dos cosas distintas; y la segunda sin duda no me sucederá sin alguna magia. Por eso debería ocurrir alguna cosa verdaderamente fuera de lo normal”. Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso predisponer al genio de la lámpara, tener en casa al burro que caga monedas o a la gallina de los huevos de oro. En cada ocasión, conocer el lugar y la fórmula vale más que afanarse honestamente en alcanzar un objetivo. Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que, como sabían los antiguos, la felicidad que corresponde al hombre es siempre hybris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien consigue someter la suerte con el engaño, si su felicidad depende, no de lo que él es, sino de una nuez encantada o de un ábrete sésamo, entonces y sólo entonces puede en verdad llamársele bienaventurado.

Contra esta sabiduría pueril, que afirma que la felicidad no es algo que se pueda merecer, la moral ha elevado desde siempre su objeción. Y lo ha hecho con las palabras del filósofo que menos ha comprendido la diferencia entre vivir dignamenre y vivir feliz. “Aquello que en ti tiende con ardor a la felicidad es la inclinación; aquello que luego somete esta inclinación a la condición de que debes ser, primero, digno de la felicidad, es tu razón”, escribe Kant. Pero con una felicidad de la cual podemos ser dignos, nosotros (o el niño que hay en nosotros) no sabemos bien qué hacer. ¡Qué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos! ¡Y qué aburrida la felicidad como premio o recompensa por un trabajo bien hecho! Que el vínculo que hay entre magia y felicidad no es sencillamente inmoral, que éste puede incluso ser testimonio de una ética superior, se muestra en la antigua máxima según la cual quien cobra conciencia de ser feliz es porque ya ha dejado de serlo. Así, la felicidad tiene con su sujeto una relación paradójica. Aquel que es feliz no puede ser consciente de serlo: el sujeto de la felicidad no es un sujeto, no tiene la forma de una conciencia, aunque sea la mejor de ellas. Aquí la magia hace valer su excepción, la única que permite a un hombre decirse y saberse feliz. Quien goza por encanto de algo rehúye a la hybris implícita en la conciencia de la felicidad, porque la felicidad de la que se siente dueño en cierto sentido no le pertenece. Así Júpiter, que se une a la bella Alcmena asumiendo la figura del esposo, Anfitrión, no goza de ella como Júpiter. Ni mucho menos, a pesar de las apariencias, como Anfitrión. Su alegría pertenece enteramente al encanto, pues sólo se goza consciente y puramente de aquello que se ha obtenido por los caminos transversales de la magia. Sólo el encantado puede decir, sonriendo: “yo”; y, en verdad, sólo es merecida la felicidad que nunca soñaríamos con merecer.

Ésta es la razón última del precepto según el cual sobre la tierra hay una sola felicidad posible: creer en lo divino y no aspirar a alcanzarlo (una variante irónica es, en una conversación de Kafka con Janouch, la afirmación de que hay esperanza, pero no para nosotros). Esta tesis aparentemente ascética se vuelve inteligible sólo si entendemos el sentido de ese no para nosotros. No quiere decir que la felicidad esté

reservada solamente a los demás (felicidad significa precisamente: para nosotros), sino que ella nos espera sólo en el punto en el cual no nos estaba destinada, en el que no era para nosotros. Es decir, por arte de magia. En ese punto, cuando se la hemos arrebatado a la suerte, ella coincide enteramente con el hecho de sabernos capaces de magia, con el gesto por el cual alejamos de una vez para siempre la tristeza infantil.

Si es así, si no hay otra felicidad que sentirse capaces de magia, entonces se vuelve transparente también la enigmática definición que de la magia dio Kafka, cuando escribió que si se llama a la vida con el nombre justo, ella acude, porque “esta es la esencia de la magia, que no crea, sino llama”. Esta definición está de acuerdo con la antigua tradición, que cabalistas y nigromantes han seguido escrupulosamente en todos los tiempos, según la cual la magia es esencialmente una ciencia de los nombres secretos. Toda cosa, todo ser tiene de hecho, más allá de su nombre manifiesto, un nombre escondido, al cual no puede dejar de responder. Ser mago significa conocer y evocar este archinombre. De allí, las interminables listas de nombres -diabólicos o angélicos- con los cuales el nigromante se asegura el dominio sobre las potencias espirituales. El nombre secreto es para él sólo el símbolo de su poder de vida y de muerte sobre la criatura que lo lleva.

Pero hay otra tradición, más luminosa, según la cual el nombre secreto no es tanto la cifra de la servidumbre de la cosa a la palabra del mago como, sobre todo, el monograma que sanciona su liberación del lenguaje. El nombre secreto era el nombre con el cual la criatura era llamada en el Edén y, pronunciándolo, los nombres manifiestos, toda la babel de los nombres, cae hecha pedazos. Por esto, según la doctrina, la magia llama a la felicidad. El nombre secreto es, en realidad, el gesto con el cual la criatura es restituida a lo inexpresado. En última instancia, la magia no es conocimiento de los nombres, sino gesto: trastorno y desencantamiento del nombre. Por eso el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta. Pero su tristeza no proviene tanto de la ignorancia de los nombres mágicos como de su dificultad para deshacerse del nombre que le ha sido impuesto. No bien lo logra, no bien inventa un nuevo nombre, tiene en sus manos el salvoconducto que lo lleva a la felicidad. Tener un nombre es la culpa. La justicia es sin nombre, como la magia. Privada de nombre, beata, la criatura llama a la puerta del país de los magos, que hablan sólo con gestos.

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