Parar en algún lugar en la Tierra, John Ashbery

Fernando mansoParecía, por un momento, que se había alcanzado un nuevo punto. No era el momento de hacer digresiones pero las hizo inevitables, como el telón al final de un acto. Te conducía a un paso donde el retorno era impensable, y donde todo progreso ulterior sólo era posible tras una larga discusión, aunque también proscribía toda discusión. La vida se convirtió en un silencio, pero se entendía que el silencio no había de conducir a ningún sitio. Se volvió imposible respirar con facilidad en esa atmósfera oprimida. Comíamos poco, pues parecía que de este modo podíamos producir el vacío interior desde el cual sólo puede brotar el entendimiento, el árbol de las contradicciones, vivas y gozosas, que invisten el vacío hueco con su complicado ser material. Estábamos entonces rodeados de cosas viejas, cosas que no necesitan ser cuestionadas sino que destilan la información sumisa que yace en su interior como un perfume en el aire, para usarlas y luego deshacernos de ellas, y también de ciertas cosas nuevas que portan su novedad como una cualidad, tal vez como un refrendo del presente, en todo caso como un voto de confianza en la circulación de lo recién creado como un lenguaje normal al alcance de todos los hombres de buena voluntad, por muy perturbadores que se vuelvan los tiempos. Gradualmente nos tornábamos menos conscientes de la idea de no regresar, impuesta como una condición para el progreso, a medida que nos imbuíamos del mágico presente que lo arrastraba todo consigo -lo viejo y lo nuevo- en la red de su encanto contagioso. Seguramente sería posible aprovecharse de las opciones de este nuevo clima de colaboración como si fuera una cédula y no una vaga sensación de bienestar, como un día suave de comienzos de primavera, dispuesto a que el primer descenso estacional de temperatura lo deje hecho añicos. Y entretanto imperaba la sensación de que cada uno se dedicaba a sus asuntos, sosegado en la euforia de ese logro, como si bastara con pisar cierta senda para que te garantizaran la llegada a algún destino. Sin embargo, los destinos eran pocos. ¿Qué se buscaba realmente en ese sentimiento constructivo? ¿Una “casa junto al camino” en la que poder quedarse indefinidamente, concertando nuevas oportunidades y arreglando las antiguas para que se mezclaran en una masa armónica que pudiera llamarse vida con una sensación de propósito? No, lo que se buscaba y precisamente faltaba en este desierto alocado y salubre era un final a la teoría del “final” según la cual un hombre era tanto un ídolo como el más humilde de los idólatras, en otras palabras, las antípodas de nuestro universo, su propia redención o su propia condena, con el resto del mundo como pintado telón de su propio monodrama de autorrealización, en el cual él oficiaba de espectador apasionado. Pero el mundo se venga de quienes se empeñan en perderlo al intentar saltarse el obligado proceso de eliminación, por el motivo altruista que se quiera, insertándose de forma tan rigurosa en estos esfuerzos de renovación personal que ningún regate logra desplazar su imagen positiva o negativa de todo lo que se contempla de las potencialidades presentes o de las grandes y sanas simplificaciones del futuro. Y de este modo todo se perdió, o al menos todo lo que estaba a la sombra que infunde hastío y dolencia en los miembros so capa de arrobada saciedad. No había, de nuevo, ningún lugar al que acudir, esto es, ningún lugar que no fuese burla del lugar recién abandonado, lanzando todo progreso hacia adelante a la confusión de un presente eternamente mal aplicado. Este era el estadio al que nos habían conducido la razón y la intuición operando en óptima alianza, pero difícilmente cabía culparlas de que el miedo a las sombras más dilatadas de la acechante oscuridad comenzase entonces a provocarnos la idea de parar en algún lugar a pasar la noche, así como una duda seria de que ese lugar existiese sobre la faz de la tierra.

 

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