Baudolino e Hipatia, Umberto Eco

1Adam MartinakisEl le acariciaba casi con violencia los cabellos, ella le había puesto las manos detrás de la nuca, luego había empezado a darle toquecitos en la cara con la lengua, lo estaba lamiendo como si fuera un cabritillo, luego se reía mirándole de cerca a los ojos y decía que sabía a sal. Baudolino nunca había sido un santo, la apretó contra sí y buscó con los labios sus labios. Ella emitió un gemido de susto y sorpresa, intentó retirarse, luego cedió. Su boca sabía a melocotón, a albaricoque, y con su lengua le daba pequeños golpecitos a la de él, que probaba por vez primera.

Baudolino la empujó hacia atrás, no por virtud sino para liberarse de lo que lo cubría, ella le vio el miembro, lo tocó con los dedos, sintió que estaba vivo y dijo que lo quería: estaba claro que no sabía cómo y por qué lo quería, pero alguna potencia de los bosques o de las fuentes le estaba sugiriendo qué tenía que hacer. Baudolino volvió a cubrirla de besos, descendió de los labios al cuello, luego a los hombros, mientras le iba quitando lentamente la ropa; descubrió sus senos, hundió en ellos la cara, y con las manos seguía haciendo que el vestido se deslizara hacia las caderas, sentía el pequeño vientre terso, tocaba su ombligo, notó antes de lo que esperaba lo que debía ser el vello que le ocultaba su bien supremo. Ella susurraba, llamándolo: mi Eón, mi Tirano, mi Abismo, mi Ogdóada, mi Pléoroma…

Baudolino metió las manos bajo el vestido que todavía la velaba, y sintió que aquel vello que parecía anunciar el pubis se tupía, le cubría el principio de las piernas, la parte interior del muslo, se extendía hasta las nalgas…

__ Señor Nicetas, le arranqué la túnica y vi. Desde el vientre para abajo, Hipatia tenía formas caprinas, y sus piernas acababan en dos cascos color marfil. De golpe entendí por qué, cubierta con la túnica hasta el suelo, no parecía caminar, como quien apoya los pies, sino que transcurría ligera, casi como si no tocara el suelo. Y entendí quiénes eran los fecundadores, eran los sátiros-que-no-se-ven-jamás, con la cabeza cornuda y el cuerpo de macho cabrío, los sátiros que desde hace siglos vivían al servicio de las hipatias, dándoles sus hembras y criando a los propios machos, estos con su mismo rostro horrendo, aquellas todavía testimonio de la venustez egipcia de la bella Hipatia, la antigua, y la de sus primeras pupilas.

__ ¡Qué horror!- dijo Nicetas.

__¿Horror? No, no fue eso lo que sentí en aquel momento. Sorpresa sí, pero sólo por un instante. Luego decidí, mi cuerpo decidió por mi alma, o mi alma por mi cuerpo, que lo que veía y tocaba era bellísimo porque aquella era Hipatia, y también su naturaleza animal formaba parte de sus gracias, aquel pelo rizado y sedoso era lo más deseable que nunca hubiera anhelado, tenia un perfume de musgo, aquellas extremidades suyas antes escondidas estaban dibujadas por manos de artista, y yo amaba, quería a aquella criatura olorosa como el bosque, y habría amado a Hipatia aunque hubiera tenido facciones de quimera, de icneumón, de ceraste.

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