Butes, Pascal Quignard

EL NADADOR DE PAESTUM peq

Reman. Reman. Surcan la mar. La vela está firmemente tensada por las drizas de la verga. Un viento rápido les ayuda y empuja el navío. El barco se aproxima a la isla de los pájaros con cabeza de mujer que en griego se llaman Sirenas. De pronto se eleva una voz femenina y maravillosa. La voz avanza sobre la mar hacia los remeros. Proviene de la isla. De inmediato quieren detenerse; quierewn escuchar ese canto, dejan los remos, se levantan de su banco, destensan la vela, van a buscar las piedras ancla, se preparan para lazar las amarras: quieren alcanzar la orilla de la isla.

Es entonces cuando Orfeo sube al puente del navío y allí se sienta. Coloca su caparazón de tortuga sobre sus muslos. Tensa con fuerza las cuerdas de cítara que fabricó en su casa, en Tracia. Ha añadido dos cuerdas a las siete cuerdas de la lira. Con la ayuda del plectro, tañe un contra-canto extremadamente rápido con el fin de rechazar la llamada de las Sirenas. Apolonio escribe que este fragmento de Orfeo es tan ruidoso que los oídos resuenan sólo con el ruido delo plectro.

Ahora la intensidad y la belleza de la melodía de los pájaros parecen retroceder sobre la mar. Ahora los cincuenta héroes ya no escuchan con nitidez ese canto anonadador; apartan su mirada de estos tres pájaros realmente turbadores que ofrecían sus senos, que elevaban tan alto su canto, que giraban hacia ellos un rostro que podría llamarse humano.

Ocupan de nuevo su fila. Toman otra vez su remo. Están golpeando ya la mar del mismo modo en que Orfeo golpea su cítara para darle un mismo ritmo a los movimientos de sus manos; ya se hincha la vela, ya aporta de nuevo su concurso a la fuerza de sus brazos; el navío Argos se aleja ya de la isla cuando, de repente, Butes abandona su remo.

Deja su banco. Sube al puente, salta a la mar.

Nada a través de las olas que hierven.

Su cabeza se aleja, surca el agua, sube, baja en las olas negruzcas que se agitan en las cercanías de las primeras rocas de la isla.

Butes nada con fuerza, hasta tal punto su corazón arde por escuchar, escribe Apolonio, las voces agudas de los pájaros con cabezas y senos de mujer que atraen su cuerpo tenso y húmedo. Se aproxima nadando a la peligrosa roca que domina la orilla; ya alcanza a ver, detrás de ella, la pradera, ya está a punto de abordar la isla que canta; palabra por palabra, la en-cante, la tierra encantadora; está a punto de abordar la hierba y el instante de morir. Apolonio escribe: los pájaros iban ya a arrebatarle el retorno cuando Cipris lo arrancó de las olas.

Butes vuela en los brazos de Cipris. Está pegado a ella. La penetra. Cuando Cipris con Butes en sus brazos llega a la altura de la isla de Sicilia, lo arroja al mar. Lo instaura como el que se zambulle en el cabo Lilibeo. Butes es el Saltador. Hay que imaginar a Butes como ese saltador que puede verse en el dorso de un sarcófago en el sótano del pequeño museo de Paesturn frente a la isla de Capri. Uno se queda estupefacto en el rincón de la cueva, detrás de la escalera, en la sombra y el frescor, ante la determinación que aparenta ese pequeño cuerpo desnudo, limpio, sexuado, sombrío, cuando se lanza al mar Tirreno y a la muerte.