Meditaciones en una emergencia, Frank O’ Hara

Adam Martinakis, las divisiones del placer¿Me voy a convertir en un libertino como si fuera un rubio? ¿O en religioso como si fuera un francés?

Cada vez que se me rompe el corazón me hace sentir más audaz (¡y cómo siguen recurriendo los mismos nombres en esa interminable lista!), pero uno de estos días no quedará nada con qué aventurarse.

¿Por qué debería compartirte? ¿Por qué no te libras tú de algún otro, para variar?

Soy el menos difícil. Todo lo que quiero es amor ilimitado.

¡Hasta los árboles me entienden! Por Dios, me acuesto debajo de ellos, ¿no? Soy igual que una pila de hojas.

Sin embargo, nunca me he atiborrado con los elogios de la vida pastoril, ni he sentido nostalgia de un inocente pasado de actos pervertidos en los pastizales. No. No se necesita dejar los límites de Nueva York para conseguir todo el verde que se desea: yo no puedo disfrutar ni siquiera de una brizna de paso a menos que sepa que hay un subterráneo a mano, o una disquería o algún otro signo de que la gente no se lamenta por completo de la vida. Es más importante afirmar lo menos sincero; tal como están las cosas, las nubes ya obtienen suficiente atención, y aun así continúan pasando. ¿Sabrán lo que se pierden? Ajá.

Mis ojos son de un azul indefinido, como el cielo, y cambian todo el tiempo; son indistintos pero huidizos, enteramente específicos y desleales, de modo que nadie confía en mí. Siempre estoy apartando la mirada. O si no miro algo después que me ha dejado de mirar. Me pone inquieto y eso me entristece, pero no puedo mantener quietos los ojos. Ojalá los tuviera grises, verdes, negros, pardos, amarillos; me quedaría en casa y haría algo. No porque sea curioso. Por el contrario, vivo aburrido y es mi obligación estar atento: las cosas me necesitan, como el cielo ha de necesitarse sobre la Tierra. Y últimamente, tan grande es la ansiedad de mi mirada, que puedo darme el lujo de dormir poco.

Ahora bien, hay un solo hombre al que me encanta besar cuando no se ha afeitado. ¡Heterosexualidad! Te estás acercando inexorablemente (¿Cómo desalentarla?)

San Serapio, me envuelvo con la túnica de la blancura que es como la medianoche de Dostoievski. ¿Cómo habré de convertirme en una leyenda, mi querido? He intentado con el amor, pero eso lo esconde a uno en el pecho de otro y no hago más que brotar de él como un loto -¡el éxtasis de estallar siempre!- (¡aunque no debe uno distraerse por ello!)- o, como un jacinto, “para mantener lejos la suciedad de la vida”; sí, allí, inclusive en el corazón, hacia cuyo interior es bombeada la suciedad, y calumnia y contamina y determina. Quiero mi voluntad, aunque puedo hacerme famoso por un misterioso vacío en ese departamento, en ese invernadero.

¡Aniquílate, si no lo sabes!

Es fácil ser hermoso: lo difícil es parecerlo. Te admiro, bienamado, por la trampa que has armado. Es como un capítulo final que nadie lee porque se ha terminado el argumento.

“Fanny Brown ha huido, se ha escapado con un Corneta Montado; no quiero a esa coqueta, & espero que pueda ser feliz, aunque con esta hazaña me ha fastidiado un poco. ¡Pobre tonta Cecchina! O F:B:, como solíamos llamarla. Ojalá te dieran una buena paliza a 10000 libras”.-Mrs. Thrale.

Tengo que salir de aquí. Elijo un pedazo de chal y mi atuendo de verano más sucio. Volveré, remergeré, vencido, desde el valle; tú no quieres que vaya adonde tu vas, de modo que voy adonde tú no quieres que vaya. Sólo es de tarde, queda mucho por delante. Abajo no ha de haber correspondencia. Volviéndome, escupo en la cerradura y el picaporte se abre.