Así que Usted comprenderá, Claudio Magris

Nelson Romero 1Me imaginaba sus quejas, un hombre acabado, un poeta al que le han robado el tema; habría pensado que esa conjura cósmica era toda una maniobra contra él, para hacerle morder el polvo, para condenarlo al silencio. Si les hubiera dicho a los demás que aquí dentro es como allí fuera le habrían puesto de vuelta y media, en especial sus ansiosas admiradoras que lo veneran como a un guía espiritual, y si se hubiera callado se habría sentido un cobarde. Pero sobre todo vaya papelón que hubiese hecho, venir hasta aquí adentro, hasta aquí abajo, para descubrir que no valía la pena, que detrás de la puerta no hay nada nuevo.

Ya me lo veía venir, atormentado extraviado aterrorizado enfurecido mosqueado enfadadísimo conmigo porque le había echado todo a perder -y luego los días y las noches juntos, yo a su lado y él que me mira de refilón, la aguafiestas que ha mandado todo a hacer gárgaras, atemorizado de que lo largara por ahí, cohibido ante la idea de que lo vieran por la calle conmigo, a él, que salió como un héroe hacia lo desconocido y ha vuelto con el rabo entre las piernas. Y cuando hubiera llegado, para él o para mí, la hora de volver de nuevo, y definitivamente, a la Casa, qué desastre la repetición de los adioses, reducidos nada más que a formalidades. De pronto me sentí cansada, agotada; volver a empezar, cocinar, lavar, hacer el amor, ir al teatro, invitar a alguien a cenar, dar las gracias por las flores, hablar, equivocarse y malinterpretarse, como siempre, dormir levantarse volverse a vestir…

No, imposible, no hubiese podido, no podía. Me sentía de golpe tan cansada. Pero tal vez habría apretado los dientes y me hubiera tragado mi cansancio y hubiese tirado para adelante. Las mujeres saben hacerlo, lo hacen casi siempre, hasta cuando no saben ya por qué o por quién.