Ángela, Consuelo Tomás F.

Basia Stankiewicz FotografiaEran los tiempos de la bienaventuranza. Todo andaba bien pero a las cinco y media de la tarde Ángela se ponía triste como una mata sin agua. Pasaba el camión cargado de vacas apretujadas, ignorantes de su destino de tasajo y bofes; destino triste del que sólo ella, Ángela, era testigo a las cinco y media de su tristeza diaria. Todo el bullicio de su edad se oscurecía y adoptaba un tono de madurez impropia de sus años. El camión pasaba allí debajo de su balcón de madera y ella entablaba una secreta solidaridad con las condenadas a muerte.

Pasaron los años destiñendo un poco el color de todas las cosas y trayendo otras nuevas. Ángela había crecido y ya no era más la niña de entonces. Pero el camión seguía pasando a las cinco y media hacia el matadero y Ángela había transmutado su tristeza infantil, su piedad ingenua, sus lagrimitas sucias de niñita flaca y pobre, por una inmensa rabia, por un callado odio que ella no ocultaba a las cinco y media cuando el camión pasaba, ya no cargado de vacas, sino de hombres.