El secreto, Aída Judith González Castrellón

Shomei TomatsuLa música de aquel recuerdo le venía en ráfagas paroxísticas y el cuerpo se iba moviendo en contorsiones espasmódicas que el doctor dictaminó “tónico-clónicas”, pero no pudo explicar el por qué sólo en las noches mientras dormía. “Debe tener que ver con el ritmo circadiano”.

A los demás les parecía muy normal durante el día, excepto por el transpirar copioso y el rubor constante en sus mejillas, antes tan pálidas, como si su cuerpo no se hubiera enterado de que ya había regresado.

Pienso que debí acompañarla a ese crucero al Caribe como me lo pidió. Desde que llegó está tan extraña… ¿Qué es lo que tiene, doctor?

Tal vez haya contraído algún virus tropical.

Y mientras caía la noche empezaba a subirle la temperatura, las mejillas se encendían y se llenaba la habitación de una suave y cadenciosa música, recuerdo de aquella ardiente playa y aquellas tibias manos clavadas en su carne sazonada por el mar. Todavía tenía fijos esos ojosnmegros en los suyos y el ardor de la cálida ventosa de sus labios en su cuello.

Aquella constante sensación de vacío interno, eco de las muchas noches sin culminación, se esfumaron aquella noche voluptuosa de una sola bocanada. Parecía que había vivido sólo para esperar ese gran evento. Sabía que no lo volvería a ver, pero poco le importaba porque había descubierto el secreto de la perpetuidad del éxtasis.

Ahora vivía sólo para eso, esperar para adentrarse en la profunda dimensión del sueño y sentir el trepidar de ese cuerpo fornido y cobrizo que se alternaba con el suyo en complicidad con la efervescencia del mar.

¡Le empezaron los movimientos de nuevo! Llamen al doctor.