Nostalgia inmigrante, JCPozo

Gastón JarryNicolás, alumno sencillo y filósofo, me acuerdo muy bien, tenía una mirada que parecía estar siempre llorando hacia adentro, como irrigando el corazón de nostalgia.

Una tarde llegó hasta donde yo estaba sentado, agarró una silla y la arrastró tímidamente hasta ponerla justo a un lado mío. Se sentó muy silenciosamente y con la misma cautela se dirigió a mí por mi apellido: “Pozo”; eso fue lo único que pude escuchar, porque al voltear a verlo, al enfocarme en su mirada, quedé en una especie de trance y se me desvanecieron los sonidos.

De pronto, vi como rápidamente el mundo se iba haciendo chiquito alrededor y una fuerte atracción proveniente de sus pupilas, lo iba absorbiendo todo: el cielo, los mares, litorales, montañas, animales y hasta el salón donde, sentado frente a mí, me platicaba Nicolás algo que yo ya no escuchaba.

Y luego seguí yo.

Todo el trayecto hacia sus ojos permanecí cegado por la luz brillantísima que se reflejaba sobre su pupila negra.

Al atravesar el umbral de su mirada, noté que sus lágrimas brotaban pero hacia adentro; yo navegaba cascada abajo viendo fascinado como esas aguas iban limpiando todo alrededor de un amor terrenal, infantil; de un ambiente que me provocaba un sentimiento de una profunda empatía. El río de cristales brillantes llenaba todo de colores por donde iba pasando. Más allá del recodo se advertía las imágenes de un pasado familiar, reluciente, cordial, de feliz inconsciencia; de rostros sonrientes y juegos fraternales. Ese mundo quedaba muy cerca de mis manos, pero no era posible alcanzarlo siquiera a tocar.

El viaje duró un relámpago.

Desemboqué en la cámara donde se produce el rojo de la vida y me sumergí en un remolino de gran turbulencia. Dos corrientes estrellaban ahí sus cauces formando un embudo de espuma amarillenta. Sentí un jalón, me sumergí en la vorágine y luego salí impulsado cuesta arriba.

Me encontré en un nuevo y acaudalado río. Eran otras aguas; éstas iban hacia arriba, hacia afuera. Los alrededores sobre tierra firme, antes tan frescos, ahora se veían gastados, tensos y lúgubres; sus seres no mostraban las caras sonrientes y cordiales que vi al entrar; eran ya miradas torvas, ajenas; y en lugar de juegos de infancia, lo que vi fueron sombras corriendo sin parar, como buscando afanosamente un mejor lugar donde vivir.

De pronto, a lo lejos, vi acercarse como un túnel, el otro lado de la luz, el lado oscuro, el que no guarda apariencias ni las deslumbra.

Crucé el umbral y una luz intensa me cerró los párpados. Por fin había salido por un lagrimal. Me encontré de nuevo en mi silla mirando a Nicolás, mientras el mundo regresaba a su sitio de un solo golpe.

No supe esa vez ni de qué me habló, ni qué le dije. Aunque, ¿qué le podía contestar a él, si ahora yo miraba al mundo con el reflejo de sus ojos?