Sínodo, Guillermo Bustamante Zamudio

1024px-the_deluge_after_restorationYavé dio la orden a Noé. Pero otros dioses se mostraron en desacuerdo con el alcance de la medida:

Castiga a tus criaturas, si así lo consideras. Pero la pena no puede perjudicar a nuestros seguidores —dijo uno.

No intentes ir más allá de los que creen en ti o de quienes se declaran increyentes en relación contigo —acotó otro—. Nuestros prosélitos practican ritos distintos, tienen otros estilos de pecar y de creer.

Yavé era todopoderoso, pero esa cualidad la poseían todos los dioses, y la usaban para disuadirse unos a otros. No valía la pena disputar, entre otras porque no era necesario modificar las órdenes a Noé, ni el aparente alcance de sus decisiones punitivas. Cada pueblo se supone único, y cree que su dios no tiene par. De tal forma, hizo llover e inundar la tierra hasta donde iba el campo visual de ese pueblo eterno pero efímero, universal pero localizado.

Más allá reinaba la voluntad de otras divinidades