Lagunas del pensamiento, Theodor W. Adorno

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La exhortación al ejercicio de la honradez intelectual, la mayoría de las veces termina en el sabotaje de las ideas. Su sentido está en acostumbrar al escritor a detallar de modo explícito todos los pasos que le han llevado a una afirmación suya para así hacer a cada lector capaz de repetir el mismo proceso y, si es posible (en la actividad académica), duplicarlo. Ello no sólo opera con la ficción liberal de la comunicabilidad libre y universal de cada pensamiento impidiendo su concreta y adecuada expresión, sino que también resulta falso como principio para su exposición misma. Porque el valor de un pensamiento se mide por su distancia del continuo de lo conocido. Objetivamente pierde con la disminución de esa distancia; cuanto más se aproxima al estándar preestablecido, mayor merma sufre su función antitética, y sólo en ella, en la relación explícita con su antítesis, y no en su existencia aislada, se funda su pretensión. Los textos que escrupulosamente se empeñan en reproducir sin omisiones cada paso, irremediablemente caen en la banalidad y en una tediosidad que no sólo afecta a la tensión de la lectura, sino también a su propia sustancia. Los escritos de Simmel, por ejemplo, adolecen en su conjunto de una incompatibilidad entre su objeto particular y el tratamiento escrupulosamente diáfano del mismo. Ostentan lo particular como el verdadero complemento de aquel término medio en el que Simmel equivocadamente veía el secreto de Goethe. Pero por encima de todo esto, la exigencia de honradez intelectual carece ella misma de honradez. Si se accediera por una vez a seguir el dudoso precepto de que la exposición debe reproducir el proceso del pensamiento, este proceso sería tan poco el de un proceso discursivo peldaño a peldaño como, a la inversa, un venirle al conocedor del cielo sus ideas. El conocimiento se da antes bien en un entramado de prejuicios, intuiciones, inervaciones, autocorrecciones, anticipaciones y exageraciones; en suma, en la experiencia intensa y fundada, mas en modo alguno transparente en todas sus direcciones. De ella da la regla cartesiana que recomienda dirigirse simplemente a los objetos, “para cuyo conocimiento claro e indubitable parece bastar nuestro espíritu”, junto con el orden y la disposición a que hace referencia, un concepto tan falso como la doctrina opuesta, pero en el fondo afín, de la intuición esencial. Si ésta niega el derecho de la lógica, que pese a todo se impone en todo pensamiento, aquélla lo toma en su inmediatez, referido a cada acto intelectual individual y no mediado por la corriente de la vida consciente del que conoce. Pero de ahí surge también el reconocimiento de la más radical insuficiencia. Pues si los pensamientos honestos acaban irremediablemente en la mera repetición, ya sea de lo descubierto, ya de las formas categoriales, el pensamiento que renuncia a la total transparencia de su génesis lógica en interés de la relación con su objeto se hace siempre un tanto culpable. Rompe la promesa que pone en la forma misma del juicio. Esta insuficiencia se asemeja a la de la línea de la vida, que corre torcida, desviada, desengañándose de sus premisas, y que sin embargo sólo siguiendo su curso, siendo siempre menos de lo que podría ser, es capaz de representar, bajo las condiciones dadas a la existencia, una línea no reglamentada. Si la vida realizase de modo recto su destino, lo malograría. Quien pudiera morir viejo y con la conciencia de haber accedido a una plenitud exenta de culpa, sería como un muchacho modelo que, con una cartera invisible a su espalda, aprobase sin lagunas todos los cursos. Pero en todo pensamiento que no sea ocioso queda grabada como una marca la imposibilidad de su completa legitimación, igual que entre sueños sabemos que hay unas horas matemáticas que por pasar una feliz noche en la cama desperdiciamos, y que nunca se podrán recuperar. El pensamiento espera que un buen día el recuerdo de lo desperdiciado lo despierte, transformándolo en doctrina.