Revelación, JCPozo

ClFZSrBWEAEmJUj.jpg largeSe siente luego luego un nudo apretando la garganta y una presión punzante en el pecho, cuando nos buscamos adentro y vemos que hemos perdido el alma.

El cuerpo dormido se había quedado velando la tumba vacía de su alma.

Y es que el alma llevaba tiempo ausente de su indiferente cuerpo; una muralla de desilusión y orgullo los fue separando hasta el olvido y ahora el cuerpo velaba ese abandono; esperaba inconsciente que ella renaciera y regresara convertida en estela de luz y que encendiera de nuevo su virtud de niño.

El alma había envejecido en su intento por fundirse a una conciencia nada interesada por procurar su iluminación. Como una rosa abandonada en el armario, se fue marchitando en su morada indiferente y gélida, hasta que, al final de sus días, el alma era solo un espectro de cuya sábana colgaban los pingajos del desamor y el hastío.

Entonces, se dejó secar por completo de inanición para volver a su naturaleza etérea y poderse soltar de sus amarras; para ir a buscar en su historia un resquicio en la muralla por donde pudiera penetrar el sol; para ir en pos de esa luz que le permitiera regresar a su presente totalmente rejuvenecida y, con renovadas fuerzas, fundirse de una vez por todas con el gran ausente de desarrollo tan ajeno al de ella; Sabía que en el reencuentro alma y cuerpo sembrarían los surcos del olvido y florecerían juntos bañados con su propio calor.

Así que el alma se fue de la tierra.

Allá va en el tiempo… regresa… y regresa… hasta ser alma de niño y encuentra en el camino de infancia en la muralla una grieta. Se acerca al resplandor débil que se asoma de un puerta entre abierta. Sin esfuerzo la abre removiendo solo una piedra. Un resplandor blanquísimo la ciega. Siente de pronto un equilibrio olvidado, un estar en tono con la tierra.

Un flujo de calor empieza lentamente a recorrer la espina del cuerpo pasivo que se cimbra ante el arribo de su esencia. Pronto, cuerpo y mente en la corriente se funden; agua y sol llenan la conciencia y brota en todo el cuerpo la flor de la bondad… y en el corazón, quedan las raíces.

El corazón, hasta entonces de hielo, se derrite y a través de los párpados cerrados expulsa lágrimas de compasión; lágrimas que se habían congelado desde la niñez. Lágrimas que ahora vuelven a sentirse vivas y sinceras de nuevo; que salen y salen como lo haría, con la jaula abierta, una parvada de aves cautivas.