La partida, JCPozo

picasso-viejo-guitarristaOtra vez el guitarrista dejó de tocar.

Como ya es costumbre, deja a la guitarra tocando sola y se sale a recorrer el mundo.

El camino que él se sabe tan bien, vereda de poetas y trotamundos, va rodeado de notas frutales y cadenciosos ríos. Le gusta el tropical clima de tambores y el viento politonal que se filtra en sus huesos haciendo de todo su cuerpo un ritual, una selva de canciones.

No lo puede evitar, apenas siente el impulso y se va.

La guitarra, desde su soledad, ora y se da golpes al final de un rasgueo y un rehilete fiero la hace, del brazo al cuerpo, temblar; Él, recostado en su playa, siente en su pecho la explosión del mar y brisa de espuma sobre su cara.

Cuando los colores del atardecer se dibujan en el rostro del artista, es que la guitarra va tejiendo sutiles arpegios que dan vida a un cielo a punto de perder su color. De pronto, cobra vida el silencio y despide en el horizonte al sol.

Al caer la noche, el viajero se olvida del frío frente a una fogata que él mismo enciende con la fricción de sus dedos; a la distancia, la guitarra, envía cromáticas señales que salpican el horizonte de luceros. La serenidad les llega a los dos cuando hipnotizados miran el cielo; cuando escuchan retumbar la tierra; cuando se olvidan de ser y se funden en el viento, cuando el abrazo es tormenta en la noche serena.

Entre el crujido de palmas y tronidos de madera en el pulgar, de pronto del aire surge un estrépito triunfante. ¡Es un aplauso!, relámpago que se estrella en el firmamento y que rompe con el trance.

Esa es la señal.

Regresa el guitarrista a la velocidad del último acorde, con unas ansias enormes de contarle a su guitarra los encantos de su viaje. Ella, una vez más, guardará todo en su memoria canora para poderlo expresar en la próxima función.