Salir de casa, salirse de sí, Mariel Manrique

Tatiana MikhinaDe la mano de Miriam Reyes, me hago ciruela entre las paredes de mi estómago. Me hago pequeña y roja entre paredes ausentes, concentrada en la desaparición inevitable y progresiva de mi pulso, porque he decidido ser ciruela. Quiero ser lo que puedo comer sin que lastime, sin que se haga notar y aferre y muerda mi tracto digestivo trastornado. Es un tornado lo que arrasa mi cuerpo, huelo el polvo que levanta a su paso, tiemblo ante la furia ciega de su ojo, es un tornado que no puedo ver.

Sentada en el piso de tierra de una casa que alguna vez fue casa y hoy es niebla o jaula transparente, soy la ciruela fresca, extraordinariamente dulce, que mi boca sedienta se apresta a asilar, agradecida. La mastico como una hostia bendita, borro las iniciales de mi nombre, escondo los registros de mi nacimiento y mis terrores, las brújulas de la ansiedad, los ansiolíticos, mis atados de ropa colorida y deshecha, mis manuales expertos en teorías inútiles, escondo la furia de mi madre bajo una piedra, en un desierto al que algún día llegarán los niños.

De la mano de Miriam Reyes, suscribo la partida de defunción de la que ha sido mansa, ejemplar, resignada a la correa de plástico en su soberbio cuello de pantera. Tan buena para las tareas que prohíjan el brutal desenvolvimiento de la especie, sujeta al aro bobo de sus anillos, empinada a sus tacos pesados como anclas. Hacerme ciruela es evadirme del martirio feroz y maquillado de la carne. No me pinto los labios, ya soy pulpa. No uso ropa interior, soy una fruta, dispuesta a mancharse íntegra si rueda.

De este útero no saldrán soldados. No asomarán, de sus bordes exhaustos, tiernas cabecitas de princesa. El útero, en el centro del tornado, expulsa palabras como flores. Han amputado donde me dolía y el dolor me hace viento de tornado. Siento cómo se astillan mis piernas lentamente, cómo se desintegran mis manos esta noche. Vuela el papel donde escribo y se eleva sin rumbo en espiral, es un bucle y un cuervo y un marco de ventana. Nada se posa en mi hombro, ya no subo persianas para ver el mar.

Soplo sobre las olas, las golpeo; las desconcierto y las calmo con suspiros, hasta que se deshacen, como este “yo” desalojado y mudo, con sus lenguas extendidas y blandas en la arena. Río de la mano de Miriam Reyes. Mi cabello larguísimo retrocede en la espuma, entrelazado con restos de algas. Mi cintura se angosta como un hilo, hasta ovillarse en el hueco, espiralado y tibio, de un caracol de playa sin turistas. Voy dejándolo todo. Los cables de electricidad, las autopistas, el teléfono, las líneas de montaje, las inmorales fábulas burguesas. Me levanto y me retiro de mí.

Ha sido lento este apocalipsis. Me ha costado décadas. Pero es ahora cuando empiezo a latir. No hay hora más solitaria ni más libre que esta hora, en la que todos mis juguetes se han soltado y caminan, fuera de mí, a su intemperie, con sus capitas gastadas de viento y sus diminutas ciruelas en la boca. Los dejo partir, ya no quiero este barco. Bebo el vodka de la sedición con Miriam Reyes.

La ira atronará los huesos del amo, bajo la forma de esta caja de música, de este pelaje suave de animal. Que no estés allí cuando suceda. Que seas pulpa en la boca de otra fruta, tifón o brisa en el pecho de otro viento. Liberado del mecanismo de tus órganos, que estés en lo que brilla en su desnuda sencillez.

Así Miriam Tessore enhebró estos poemas de Miriam Reyes. Desde la clandestinidad de la lectora, con el gesto amoroso e invisible de quien sale a sanar, con su hilo y su aguja de hechicera del bosque, los tajos antiguos en la cara del viento, la cicatriz de infancia en la piel prometida de las ciruelas.