El hombre de la mancha, Jorge Mendoza

Bruce Lee © Pablo LobatoHabía una vez un ser extraño. No podía ni él mismo precisar su “extrañez”. No se debía ni a su apariencia física ni a su desbordada emotividad o su probada inteligencia, No. No se debía a sus ropajes de colores ocres o pardos ni a su andar pausado o su constante divagar por parajes lejanos. No se debía ni a sus sueños poblados de sombras y luces o de falsos multicolores o criaturas mitológicas y seres de difícil clasificación… No, por ahí no era. Ni se debía tampoco a su edad sin edad, a su tiempo sin tiempo, a su momento atemporal. Se debía, quizá, simple y llanamente a su lunar… un lunar grande, oscuro y de vello espeso que le cubría parte de la mano derecha… Si, tal vez, tal vez ese era el motivo, tal vez por fin había encontrado la respuesta… El lunar era la causa de esa molesta sensación de opresión ¿molesta?, en realidad era más bien una discorde sensación con un tufillo lejano de no sé que…

Esa mañana estuvo revisando a conciencia su lunar, esa extraña mancha que lo cubría… tanto tiempo con él y hasta ahora le prestaba la atención que se merecía, tanto tiempo justo delante de sus narices y apenas ahora lo tenía tan claro: él era el causante de sus males, de sus dolencias, de sus pesares… él tenía la culpa de esa extraña “extrañez” que lo habitaba, esa mancha odiosa, insidiosa, negroide, animal y bastarda.

Tomó la navaja… una sonrisa diabólica reflejó su rostro… Nunca se había sentido tan(m)bien. Miró el cielo: reverberaba y hasta pudo percibir una leve brisa en la frente, las sienes y el ondular de su cabello… inspiró profundamente… cuán fresco se sentía el viento hoy, como que intuía atisbos de libertad… pasó los dedos por la hoja afilada de la navaja tomándose todo el tiempo del mundo. No hay prisa, no puede haberla en un momento así… saboreó su filo, paladeó la sensación de la piel abriéndose de par en par y dejando que la sangre tomase su cause hacia la madre tierra… lentamente, se imaginó como la “mancha” se desprendía de su sitio y lentamente se consumía y devoraba a sí misma en la noche, mientras él se despedía de ella cariñosamente puesto que a partir de ese momento ya nada sería igual… La mácula por fin lo habría abandonado… Un escalofrío recorrió su espalda al intuir esto último:

“¿Qué pasará entonces? ¿Qué hay más allá del lugar sin lunar? ¿Qué se sentirá respirar sin ese pesado bulto que oprime algo más que el cuerpo? ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?”

Meditó ampliamente esto. Duró varios días sin comer, dándole vueltas al asunto, un asunto que se había tornado en su prioridad, un asunto sobre el cual giraba toda su vida y su muerte.

No pudo finalmente decidirse entre el deshacerse de su maldición o entregarse completamente a ella… Con la mirada perdida y vagando en el ocaso se le mira todavía… dicen de él que suspira lamento y aspira melancolía… dicen también que pasa largas horas extasiado contemplando su mancha en una procesión sin principio ni fin… Por ahí rumoran que hasta le habla y se han hecho grandes amigos aunque por momentos la odia a muerte, pero intuye que su muerte está unida a la de ella.

Hombre y mancha caminan juntos.