Pigmalión, Mariana Frenk

Jean-Léon_Gérôme,_Pygmalion_and_Galatea,_ca._1890

Cuando Pigmalión, ardiendo en las llamas de su locura de amor, había pasado muchas noches junto a Galatea, abrazando el frío mármol de la mujer, obra de sus manos y sus sueños, implorando a los dioses que le dieran vida, éstos, conmovidos por la intensidad de su pasión, decidieron cumplirle su deseo. Ya pudo estrechar entre sus brazos a una Galatea de carne, de carne tan blanca como el blanco mármol. Sus días y noches se llenaron de ciega felicidad.

Pero, en cierto momento, se le abrieron los ojos. Galatea no lo amaba. Galatea estaba aburrida. Galatea no le sonreía nunca. Lo insultaba, de su hermosa boca salían palabras como sapos y serpientes. Galatea lo detestaba.

Una onda fría empezó a invadirlo. Una y otra vez hizo esfuerzos por hacerse querer. Inútiles las caricias, inútiles las amenazas. Entonces, como único medio para resucitar su amor, al que había amado más aún que a Galatea, volvió a acudir a los dioses, pidiéndoles —con el mismo fervor de antes— que la convirtieran de nuevo en mármol. Los dioses, siempre misericordiosos, aunque a veces un tanto maléficos, accedieron una vez más a sus ruegos.

Cuando Pigmalión, en una noche nublada, se acercó por primera vez a la marmórea Galatea y ya discernió entre el verdor de los árboles los contornos de su divino cuerpo, estaba temblando de temor y esperanza. En ese momento, un golpe de viento dispersó las nubes que habían ocultado a la luna. Y a la luz de la luna vio el rostro de Galatea. Vio un rostro marcado por el odio, repugnante, atroz. Rostro de furia, que parecía escupir veneno.

Pigmalión tomó un hacha, la levantó, se quedó inmóvil un instante, un largo, largo instante; luego, suavemente la dejó caer en las yerbas. Dio, tropezando, unos pasos inseguros. Sintió un dolor agudo, hachazo de hacha afilada.

Huyó.