La reina perdida, Alfonso Reyes

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Desde el día en que me expulsaron del club padezco insomnios. La poca costumbre de leer durante las altas horas de la noche hace que la compañía de los libros me sea inoportuna. La mujer resulta un consuelo mediocre para los ambiciosos y más si son, como yo, poco aficionados a los rodeos y circunloquios del placer. El vino hace más desierta mi soledad, y la calle o los espectáculos me producen una jaqueca de varios días. Me quedo solo en casa.

Desde mis ventanas – que dan al descampado – suelo entretenerme en contar los farolillos de gas, en adivinar sus secretos, alegría y dolores. Hay unos que palpitan como una mariposa que abre y cierra las alas. Otros se quejan con un grito largo, inalterable. Otros se extinguen de súbito, sin decir por qué y tienden entre las acacias una hamaca de sombra.

Desde el mirador logro un ver un palacio blanco, que parece desierto. Cerrado y mudo, sus vidrieras devuelven equivocadamente los reflejos de las estrellas.

Las palmas del trasnochador que llama al sereno me sobresaltan, no sin darme cierta emoción de compañía que me alivia un poco. El ruido de los cerrojos, el rechinar de las puertas, ocupan completamente mi alma. Es hora en que se oye hasta el paso de los insectos, el desperezarse de un élitro en la sombra, el crujido de una de esas diminutas alas de cebolla, el diálogo entre la burbuja y la brizna.

Y mes a mes la frente pegada a los cristales, casi pendiente de un hilo, como una araña – porque a un hilo siente reducida mi vida -, miro saltar, sobre el tapete del horizonte, el as de oros de la luna.

II

No sabes jugar, como yo, a las constelaciones. El juego de las constelaciones no requiere compañero ninguno, ni mozos de frac y calzón corto, ni candelero de luz, que multiplican los espejos; ni tapices, ni nada; una pupila abierta en la tierra y algunos millones en el cielo.

Y apostáis:

– Apuesto diez duros a que ahora sale Aldebarán.

Y no sale Aldaberán, porque lo que sale es la constelación del Boyero.

Y apostáis:

– ¡Quinientas pesetas a las Siete Cabrillas! ¡Mil por los ojos de Santa Lucía! ¡A Casiopea pongo cuatro mil!

Yo he llegado a deberle al cielo un buen pico; me pareció que la luna barría y borraba todas las oncitas de oro del cielo en medio segundo. Pero otro día gané la osa Mayor, Escorpión, Orión y muchas estrellas de primera magnitud. Entre ellas el lucero del alba. Había luna nueva y la mano opaca corría, subrepticia, por el firmamento, como una mano de ladrón. El gallo nos avisó a tiempo y todos nos pusimos en salvo.

III

Pero ¡y la reina, aquella reina perdida! ¿Quién me la quitó de las manos? No de ser yo quien proponga excusas, eso no. Pero – lo saben tal vez los espejos – yo no fui quien la escabulló.

La llevo pintada sobre el corazón como una afrenta.

Había dos juegos de cartas completos: uno francés, otro español, estoy enteramente seguro, puedo apostar mi vida. Yo, agotados los recursos, puse sobre la mesa el reloj de oro y los valiosos gemelos. Y, con mi superstición habitual, me dedique a escoger los palos, por razones que yo me entiendo: los oros, me dije son los capitalistas; los bastos, los villanos; las copas, los industriales; las espadas, los militares. Y ahora, a los reyes: David, Salomón, Alejandro, Carlomagno… Y ahora, a las reinas: Nimo, Cleopatra…

Y me detuve, extático: frente a mí, a espaldas de Urquijo, – que acababa de pedir otra botella más de champaña -, cubierto de arreos resplandecientes y ferradas mallas resonantes, con mi espadón en forma de cruz y calzado de guantelete guerrero: noble y encanecido; las barbas velludas, el ademán entre altivo e irónico, el rey de Espadas – os lo aseguro – apareció. Y alargó la mano, decidida, y nos arrebató una reina francesa…

¡Una reina que era mi novia! ¡La reina que yo más quería!

Y todas las estrellas del cielo me acecharán en vano y en vano me perseguirán los trasgos de la noche. Porque yo nunca he de confesar el nombre de mi novia, ¡el nombre de la reina Perdida!