El don, Juan José Ventura

(12)Amparo tenía el don de escuchar los pensamientos ajenos. Desde bien niña poseía esta facultad, cultivada en secreto, y ahora, a sus 56 años, lo que podría haberle proporcionado riquezas y fama, era simplemente un divertimento que ejercitaba los sábados, en el café del pueblo, ante la ignorancia de sus paisanos.

No necesitaba dinero. Heredera de una gran fortuna, vivía en una casa blasonada del norte de Cáceres, en un recóndito municipio que no llegaba al medio millar de almas. Nariz aguileña, pelo ensortijado, perlas al cuello y vestido descolorido comprado en la capital en un tiempo en el que ni siquiera el Corte Inglés había inventado las rebajas, Amparo disfrutaba sentándose en el centro de aquel casino de camareros con librea y mesas de un mármol tan desvaído como su indumentaria. Aquel truco mental le funcionaba con todo el mundo, salvo con una excepción: no podía leer el pensamiento de las personas que quería o con las que mantenía un vínculo, así que no era capaz de escudriñar las ideas de su marido ni de sus familiares.

Aquel sábado al mediodía se había sentado en la mesa central del casino desde donde podía identificar a quienes pertenecían los pensamientos que, como flases, se le aparecían en su mente. “Ya está aquí la marquesona de los cojones”, escuchó pensar al camarero de tantos años, quien sin embargo, la saludó con un educado “buenos días doña Amparo ¿Qué va a tomar?”. Ella pidió como siempre vermú rojo, de grifo, no de botella. Y se puso a mirar con esa sonrisa floja que tanto inquietaba a sus congéneres en aquel improvisado mentidero de ideas. Y empezó a disfrutar…

No hubo sorpresas en su cotilleo mental de aquel mediodía: el panadero quiere cerrar el negocio porque no le salen los números, las virginales solteras rencorosas odian a la última muchacha que se echó novio, el dueño del casino se lamenta de que hay pocos clientes, el alcalde no se habla con el concejal de Festejos y las fiestas serán pronto, y el cura está ya harto de decir misas en ese pueblo dejado de la mano de Dios…

De pronto, sintió como un pinchazo en las sienes. Un pensamiento más fuerte que los demás, intenso, cortante como una navaja: procedían de dos forasteros, en una mesa al fondo. Tenían mala pinta, de navajeros de los setenta, de esas películas de Eloy de la Iglesia llenas de quinquis y mercheros. “Esta noche lo haremos. Parecerá un robo. La llevaremos al cuarto de la servidumbre, donde no se escucharán sus gritos. Ya veremos cómo lo hacemos si a pistola o la estrangulamos… Esta noche, la marquesona será historia… policial”.

Amparo se levantó de un brinco de la mesa y se golpeó la rodilla. Pagó en la barra corriendo con un billete de 20 euros y le propinó las vueltas al camarero. En la puerta del casino le esperaba su mayordomo y hombre de confianza. “¡Arranca, Luis, vámonos pronto a casa!”, le gritó, lo que era inusual en ella, siempre llena de templanza.

Cuando llegó al palacio, sudorosa, empezó a sentirse algo más segura. Mandó a la servidumbre cerrar todas las puertas, todos los recovecos por donde pudiera entrar un intruso. Conectó las múltiples alarmas personalmente y comprobó el funcionamiento de las líneas de teléfono. Más tarde llamaría a la policía. Entonces decidió ir a la biblioteca, donde siempre estaba su marido, Antonio, leyendo libros sobre ocultismo, para contárselo todo.

Entró en la estancia, cubierta de cortinajes y terciopelos que olían a rancio. Se dirigió a aquel sillón orejero donde en batín y pijama leía Antonio.

No te vas a creer los pensamientos que he escuchado hoy en el casino, le dijo.

Tras levantarse del sillón, Antonio sacó una pistola antigua de su batín floreado y la apuntó hacía Amparo con decisión.

Ni tú que yo también puedo leer tus pensamientos y las ganas que tengo de quedarme con tu fortuna. Esos dos panolis han fallado pero yo no lo haré.

Y el disparo retumbó en la habitación como un trueno que pudo escucharse en todo el pueblo. El don no le había servido, esta vez, para nada.