Lápidas, Ignacio Padilla

Wh_pv_CabreManuel_Obra_12_ElAvilaVistoDesdeCcementerio_1918_FMN_elp_modRecordaba también el tránsito luminoso de su propia muerte, la tarde en que un disparo estremeció la serranía, cuando él, por un instante, se creyó alzado a los cielos en brazos de una legión de ángeles, un millón de espíritus que en pleno vuelo se habrían tapado los oídos para no resentir el eco montaraz de la detonación, el parietal despostillado por la ojiva, el derrumbarse de su cuerpo sobre el suelo de una taberna hedionda a orines, o a fango, quién sabe, madre, porque uno no se fija en esas cosas cuando se está desangrando, madre, uno anda demasiado distraído morirse así, sin susto, con dignidad, sin tiempo siquiera para perdonarme ante Dios ni disculparme con aquellos jornaleros beodos que de pronto vieron los muros de la taberna salpicarse de sangre, ésta es mi sangre, y su cuerpo caer al suelo, éste es mi cuerpo, mi cuerpo sin susto, madre, sin tiempo para despedirme de los borrachos que no vieron a los ángeles llevarme en vilo, porque uno no se fija en esas cosas cuando le matan a un cura en las narices, teniente, aunque se trate de un famoso cura renegado, o de un cabrón hereje, como le llama, teniente, y aunque lo mataran como a un cerdo, teniente, igual era nuestro deber cristiano enterrarle en sagrado, bajo una lápida como Dios manda, y velarlo en una capilla pobre en flores pero, eso sí, señores, muy rica en oraciones que salían como sangre a borbotones por las bocas de una legión de mujeres como demonios del infierno, San Jerónimo bendito, ruega por nosotras, ruega por las arpías, las beatas ignorantes de que en esos momentos, madre, yo seguía de alguna forma vivo, porque mi memoria persistía más allá de mi propia muerte y por encima de mi materia desecha, y también por encima del tiempo, madre, hacia atrás, antes del velatorio, antes del disparo, mucho antes del grito inseguro del asesino al entrar en la taberna con su así quería verte, curita, antes de tantas cosas, madre, cuando en vez de ángeles eran luciérnagas las que aleteaban junto a mí y junto a mí hermano, y cuando no era mi cráneo lo que se dejaba perforar por una bala sino enormes sandías que estallaban tras los disparos del abuelo, sandías como cabezotas verdes de un cuento de ogros que desparramaban su entraña roja en el solar de nuestra casa entre maizales, con sus montones de leña y sus cacharros oxidados en la puerta, con sus hornillas y sus trampas para liebres hacinadas sobre el estiércol y la alfalfa, y el abuelo en el solar con su mirada de otro siglo y su escopeta resbalándole del hombro, madre, nuestro pobre abuelo loco con su sonrisa de prócer olvidado que le hablaba a las sandías como si fueran reos de muerte, jurándoles que las enviaría al infierno, hijos de la chingada, al infierno he dicho, y las ponía sobre una tapia para dispararles con gesto de militar ofendido, al infierno he dicho, cabrones, y las sandías fusiladas vaciaban su entraña sobre el suelo del solar mientras mi hermano y yo, niños aún, corríamos hacia la casa con la picadura de la pólvora en los ojos, gimiendo ante la madre como si nos hubiesen disparado a nosotros, como si nos hubiesen reventado en lo más oscuro de una taberna, madre, rogándote que le digas al abuelo que ya no mate sandías, madre, y ella en la cocina, tristísima entre ollas, ella de pie y los niños en su enagua, asustados todavía, llorando siempre, y la madre que calma, hijos, ya no griten, su padre duerme, esténse calladitos a pesar de los disparos y aunque el padre, bien lo sabían ellos, no iba a despertar con nada, ni siquiera con las sandías fulminadas, mucho menos con el llanto de la madre cuando al hermano lo mató un relámpago y se fue al cielo, hijo mío, mucho menos con mis gritos, madre, que eran los de un niño espantadizo y que vaya a usted a saber a quién salió, comadre, no a su padre, que no es hombre para asustarse con nada, mire usted, tan hecho y tan derecho que ni lloró cuando a su hijo el mayor lo mató un rayo ni tampoco cuando fueron a decirle que al otro hijo, el curita renegado, lo habían reventado en una taberna, compadre, veinte años más tarde de la muerte del primero de sus hijos, cuando el escorbuto mataba vacas como moscas y los jornaleros se bebían sus préstamos del rescate agrario en una taberna apestosa a orines, o a fango, quién sabe, madre, que uno no se fija en esas cosas cuando le arrancan a un hijo, aunque el hijo sea un cura asesinado en el culo del mundo como si fuera un cerdo, o una sandía, madre, como las que destrozaba el pobre abuelo, que se apagó con la muerte del primer nieto y lloró, él sí, el cadáver del segundo en una capilla huérfana de heliotropos pero, eso sí, señores, rica en beatas como arpías que pidieron por su alma a los Santos Niños Inocentes, rueguen por nosotras, mientras la madre hacía prodigios por encender las ascuas y darle gusto a todos, primero al hijo fulminado por el rayo que se había ido al cielo y luego al otro, el curita renegado, que se fue al infierno, con el fogón siempre a nada de apagarse en la cocina, y el abuelo robando sandías del huerto, mandándolas a todas al infierno, cabrones, gastando pólvora y emprendiéndola contra las sandías, teniente, así como lo oye, y espantando a sus nietos, que corrían a casa como si les hubiesen disparado entre las cejas en los más guardado de la sierra, adonde fue a encontrarlo su asesino, teniente, un rapaz que apenas distinguía entre el honor ofendido y el miedo a lo que debía hacer, así quería verte, curita, y la madre al hijo que le quedaba vivo, entre orllas, acariciándolo sin prisa, diciéndole que si sigues llorando te vas a ir al infierno o te vas a quedar ciego de tanta lágrima, o al menos tullido para cualquier cosa que no fuese el seminario, el exilio definitivo de la enagua de la madre, la pobre, que se afanaba por tener el almuerzo listo y encogía el puño y lo dejaba caer sobre el cogote del hijo menor porque, en sus tambaleos de miope y mariquita, había tirado una jarra de agua de sandías que se extendió en el suelo como se extendería luego su sangre en una taberna hedionda a orines o a mal vino, quién sabe, madre, que en esos momentos a uno sólo se le ocurre recordar quién fue en la vida que ahora se le escapa, y quién era ese niño taimado que todo lo rompía, y a quién pertenecía esa alma atribulada que tenía un hermano en el cielo y que se preguntaba cada noche por el infierno, que es adonde van a vivir los muertos, hijo mío, no todos, sólo los que fueron malos, los herejes, los niños que quiebran jarras, votos y copas como la que él dejó caer cuando un muchacho torpe le puso una bala en la cabeza, así quería verte, curita, cuando él por fin tuvo la buena excusa de estarse muriendo para que nadie volviese a amenazarle con el infierno, el curita finalmente en paz cayendo al suelo como para besarlo, los parroquianos mirándole con pasmo, los ángeles tapándose los oídos para no escuchar el desplomarse del hombre que jadeaba apenas con la excusa de estarse muriendo, el pretexto aquél que le había faltado antes al esquivar el segundo sopapo de la madre y escapar de la enagua tirando cacharros, encerrándose en la noche de su cama para rogar a Dios, por favor, no dejes que me vaya al infierno, santiguándose la frente por ahora intacta, su frente de niño como una tabla rasa donde se alojarían después la ojiva, el horror, las amenazas de la madre, los catecismos flamígeros, las bendiciones, el infierno, sobre todo el infierno, y los cientos de plegarias semejantes, por favor, diosito, al infierno no, las mismas plegarias entonadas luego en la media luz de su cuarto inundado de luciérnagas como ángeles, los mismos rezos y los mismos ruegos repetidos en la enagua, en el retrete, en la celda helada de un seminario helado donde años después debió marchar con los demás novicios en hileras perfectas, la cabeza gacha, el misal abierto en el tedéum mientras sólo él cerraba los ojos para no mirar las baldosas del pasillo ni los muros, tan distintos de la enagua de la madre, y tan parecidos a las lápidas que él había visto cierta vez impresas en un libro de su abuelo desquiciado, un libro en tercetos italianos e ilustrado cada cinco páginas con pavorosas litografías, entre las cuales halló una que ni siquiera la muerte borraría jamás de su recuerdo, los cuerpos retorcidos de un centenar de hombres en un paisaje cenagoso a orillas de la Ciudad de Dite, allá donde dos poetas encapotados miraban con gesto de latina tristeza un bosque de lápidas destinadas a torturar a los herejes, a espíritus que en vida se habrían llamado Farinata o Giaccomo, almas que habían sido de cátaros o de pontífices o de herejes que habrían traicionado a Dios, o a su Iglesia, o a todos los hombres, quién sabe, madre, porque cuando uno es niño y mira imágenes así en un libro sólo puede aterrarse y preguntar dónde queda este lugar, abuelo, y el abuelo que en el infierno, soldado, ni más ni menos, en el infierno, cabrones, no el de Dios sino el de Dante, no el de las litografías, madre, pues ahora que estaba ahí, en el infierno, podía decir que era verdadero el sufrimiento que se anunciaba para los herejes, aunque ya no podría explicárselo a la madre ni al abuelo, pues una bala le habría llevado hasta ahí, al Círculo Sexto, donde había constatado que el infierno es como lo imaginamos, y que el infierno es la representación del Círculo Sexto, allá donde había perdido ya la cuenta del tiempo que llevaba en el ultramundo, un siglo o un eterno instante desde que se desplomara en el suelo de una taberna apestosa a orines, quién sabe, madre, pues de cualquier forma el dibujo en el libraco del abuelo había mentido, ahora lo sabía, ahora podía decir que el de Dante era un infierno justo, y el infierno, madre, no puede ser justo, porque en el libro del abuelo el lodo de la Estigia no apestaba como en verdad apesta, y porque en el grabado no quemaban los remordimientos como ahora le quemaban los suyos ahí, bajo su propia lápida de cura renegado, al lado de los herejes Giaccomos y Farinatas, los que traicionan a Dios y a su Iglesia, hijo, decía el abuelo desde el limbo o desde el infierno de los locos esperando que sus palabras llegasen ahí, hasta su tumba, bajo una lápida como Dios manda, teniente, una lápida que él ahora debía alzar mientras el lodo de la Estigia se le metía entre las piernas, y mientras todo junto a él hervía y le hacía alzar su lápida en busca de aire, aunque ahí, en el Círculo Sexto, el aire también oliese a orines, porque en el infierno de verdad, madre, los dos poetas latinos no estaban para atestiguar mi tormento ni para asentir con lágrimas de verso cuando les explicase cómo y por qué había llegado hasta los linderos de la Ciudad de Dite, en la página centésimo cuarta del libro del abuelo demente, en aquel grabado atroz de su niñez, al que se supo destinado cada cuando rompió un cacharro y su madre le juró que si seguía rompiendo cosas se iría al infierno, o cuando el abuelo, en un momento de cordura, le explicó que bajo las lápidas del Círculo Sexto, soldado, están los herejes, los que traicionan al dios del seminario, el mismo dios y el mismo seminario de tantos recorridos de madrugada hacia la capilla, en hileras otra vez perfectas, otra vez el misal abierto en el tedéum, y él, sólo él, con los ojos cerrados ante esos muros como lápidas, el mismo dios de las hostias y el vino que él, un día, pudo al fin consagrar, éste es mi cuerpo y ésta mi sangre, hasta que un disparo de venganza lo mandó a saber cuáles eran las verdades y cuántas las mentiras del infierno dantesco, madre, a confirmar qué tan ciertos habían sido sus miedos en la infancia, qué tan áspera la cúpula de roca sobre el paisaje del Círculo Sexto, y qué tan copioso el llanto bajo las sábanas o bajo las lápidas que vio cierta vez impresas en el libro del abuelo, página centésimo cuarta, hojeado a escondidas entre fieles e infieles, entre él y su hermano, el fulminado y el maldito, frente a una comarca entera de jornaleros como odres a medias pasmados por la sangre, ésta es mi sangre, y ante el asesino que había entrado titubeante en la taberna después de seguir por varios días al curita renegado, lento, seguro de que aquel saltear de pueblo en pueblo acabaría de ese modo, con su así quería encontrarte, curita, esperándolo, lista la víctima para inmolarse y caer creyéndose llevada al cielo por ángeles como espadas, aunque en realidad lo estuviesen refundiendo en los infiernos, cabrones, no esos ángeles sino uno solo, el ángel terrible, el perseguidor que apenas distinguía entre el honor ofendido y el miedo, rogad por nosotros, el ángel muchacho, el ángel justiciero, el ángel medroso a quien él, la víctima, el curita renegado, ni más ni menos, había estado esperando con la espalda untada al muro de la taberna, como a una lápida infernal, de cara a la sombra, las manos encallecidas de resignaciones, adelantándose ya, en su mente, hacia el lodo estigio y hacia aquella condenación tan buscada en su ministerio profano, un ministerio de sandalias raídas y de pies hartos de andar por tanta plaza y tanta casa anunciando a sus devotos que no teman más, porque yo he recibido la autoridad para perdonarles del infierno, y sí, perdonarlos a todos de cualquier condena, teniente, mire usted, diciéndonos que, hiciéramos lo que hiciéramos, no habría infierno si no pensábamos que lo había, y que él cargaría con los pecados de cada uno para que nadie nunca tuviera que imaginar ni padecer el miedo que él había padecido desde niño, y para que el infierno no pesara sobre nuestras consciencias como la lápida que ahora le pesaba sobre el pecho, explicándonos que así pecásemos, así rompiésemos millones de jarras de agua de sandía o de vino como sangre, así disparásemos en la penumbra contra el cráneo venerable de un curita renegado, así mereciésemos el infierno, madre, yo igual los eximía a todos de sus pecados, hasta a mi propio asesino, al que yo mismo confesé días antes de que me matase, a sabiendas de que ese pobre muchacho vendría a buscarlo con su ojiva diminuta y su grito de así quería verte, curita, empacando el alma para hundirme acá, en la Estigia, y para decirte, madre, desde ahora, que el dibujo en el libro no dolía como de veras duelen los gritos de los cátaros, los gritos de cada uno de los herejes que ahora compartían con él su pena gimiendo en toscano, en árabe, en lenguas que dejaban de importar cuando el gemido se volvía uno y comprensible para cualquiera que pasara por ahí, llorad, almas perversas, no veréis jamás el cielo, perded toda esperanza de que un día vengan los poetas que prometía el libro aquel, página centésimo cuarta, perdedla, os digo, no esperéis que vengan los latinos a aguantar este dolor, madre, tanta mierda en el suelo, tanta sangre, tanta contradicción en la teología infame del castigo eterno, tanto descreer de un dios capaz de crear el infierno, tanto arrepentimiento diferente del de quienes acercaban los labios a la malla del confesionario, Ave María purísima, y de hinojos, sin pecado concebida, cantaban faltas que el curita hereje no se molestaría en escuchar, pues igual les diría ve en paz, hija mía, ve en paz, hijo mío, porque te digo que desde ahora has destruido el infierno, y bendiciéndoles a todos, incluso a su asesino, un mozalbete que los siguió mientras él iba sumando pecados ajenos a los propios, cuánto peso para un solo hombre, madre, cuánta pena para el santo de veras que se había ganado a pulso su lugar en el Círculo Sexto, ya no en el libro del abuelo sino en el verdadero infierno, un suplicio que estaría sólo diseñado para él, pues en el seminario le habían dicho dar la otra mejilla, y él la había dado, y que había que ser siervo de los hombres, y él lo había sido, y que había que darlo todo, no sólo la vida o la muerte sino la propia Salvación, la del alma, se entiende, que se purificaría en su traición a la Iglesia desde la iglesia misma, la iglesia que lo había parido y transformado después de tantos misales, confesiones, desfiles entre muros como lápidas, la Iglesia que lo mandó a un círculo muy próximo al de los violentos, donde los asesinos y los verdugos paladeaban acaso el mismo lodo que los herejes y escuchaban el mismo llanto que fluía de la laguna infame y elevaba la barca de Caronte mientras él gritaba que yo no pertenezco aquí, madre, pues ahora sé que el infierno debe ser injusto para ser infierno, aunque los teólogos y los poetas cantasen otra cosa, aunque el vaso de vino o la jarra se rompiesen en mil suelos, aunque las sandías reventadas, aunque el hermano fulminado por el rayo, aunque así quería verte, curita, arrepentido en serio de tantas bendiciones repartidas como peces y como panes, arrepentido de tantos te perdono del infierno para que tu vida sea menos pavorosa que la mía, para que tus noches no estén llenas de ruegos contra la pena, ni llenas de caminatas de pueblo en pueblo, asustado por las lechuzas, recordando para seguir adelante el miedo que había sentido de niño, por favor, Dios, no dejes que me vaya al infierno, y reemprendiendo la marcha entre galpones de mineros y alcarrías semidesiertas, empeñado en su inútil redención del mundo y en su vana destrucción del infierno para todos menos para él, en ese ministerio de hereje santo en que él sólo había cometido un error, madre, uno solo, quizá negarse como un asceta a las insinuaciones de una mujer que lo había deseado de veras, éste es mi cuerpo, y que luego, despechada, habría puesto tras sus pasos a un hermano o un antiguo novio fulminado por el resentimiento de quiméricas deshonras, esa mujer que era tan deseable y necesaria ahora, en el Círculo Sexto, página centésimo cuarta, donde el cieno le metía alimañas en el sexo y le hacía darse cuenta de que ninguno de los que compartían su condena eran en verdad herejes, que ni Farinata ni los cátaros compartían su pena, y que por eso precisamente estaba él ahí, en un lugar de castigo al que no pertenecía, atormentado por no entender qué crimen habría cometido, escandalizado por saber que había tenido razón en perdonar a todos del infierno y que la incertidumbre del siervo de los hombres es el infierno, y que el infierno es su representación y que la salvación es el olvido del infierno, la salvación del último y el primero de todos los hombres a los que había perdonado en cada bendición del vino que le recordaba el jugo de una sandía herida, ésta es mi sangre, en cada baldosa semejante a una lápida, en cada fragmento de aquel segundo esplendente en que la ojiva diminuta me hizo recordar las sandías que al estallar vertían su entraña tras el certero escopetazo del abuelo.

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