Metamorfosis, JCPozo

7110360-mdEn un lánguido solo y cabalgando sobre un trino, entré en los umbrales de mi flauta. Los haces de oro que se filtraban por cada uno de los siete tragaluces fueron los primeros en saludar. Los veía yo turnarse en su abrir y cerrar de cortinas al ritmo de un compás cadenciosamente encendido. Esos aerolitos de luz se precipitaban al condensarse cada nota; vibración que nacía cuando se cortaba el aire, cuando cada caricia le reafirmaba al instrumento el cumplimiento de su deseo mayor:

Que cada nota nazca y muera con la misma intensidad.

Crucé hasta el otro extremo del túnel psicodélico y me senté a asolearme un poco en el último tragaluz. Ese oasis de aire rara vez se cubre, especialmente, con esa sonata en si menor.

Absorto me quedé contemplando los cambios de tonos y matices de luz, mientras mi alma se cimbraba con el golpear del viento en las paredes y de las voces al pasar los huecos.

Una experiencia maravillosa que borra la conciencia de existir.

De pronto, la humedad constante a la que se sometía ese lugar, provocó una grieta de donde emergieron mil raíces que me abrazaron por doquier.

Sentí un fuerte jalón cromático por ellas y bajé en caída libre. Al sumergirme me encontré navegando por una pradera de carrizos. Poco a poco me fui mezclando con ellos hasta tornarme completamente en una hebra de bambú.

Y al momento preciso de cuando se es viento y a la vez madera; flauta y a la vez, melodía; de cuando se vive desde dentro una historia ancestral de alturas divinas y de cimas cercanas a dios… un aplauso viene a romper el hechizo y me regresa afuera del instrumento, desde donde veo como mis manos, del primero al último tragaluz, han cerrado las cortinas.