Dios proveerá, Manuel J. Prieto

1leonid-afremovYo era hijo del cura de mi pueblo. En realidad, cuando nací, no era así, pero sólo porque lo hice en un pueblo distinto al mío y el cura era otro. Siendo un muchacho se le puso remedio y llegué al que ha sido siempre mi lugar, y aparecí como sobrino de mi padre, el cura. Él siempre me trató bien y solía repetirme una frase que ha guiado mi vida: Dios proveerá. Con ella he recorrido mi camino sin tomar apenas decisiones, dejándolo todo en manos del Cielo. Al azar, diría un ateo.

Un día, cuando el bozo ensombrecía ya mi cara, mi padre me colocó frente a mi primera elección importante.

Mira a ver qué quieres ser. ¿Pastor? ¿Herrero? A lo mejor quieres ser minero, como tu padre.

Aclararé que mi otro padre, el minero, había muerto en un accidente laboral y que por tan penoso hecho vivía con mi padre el párroco. Esto es lo que se contó en el pueblo al llegar yo, y que nadie creyó nunca. ¿Cómo iba yo a tener una piel tan blanca si mi padre fuera un minero, siempre negro? Tenía piel de cura, decían por las esquinas.

En cualquier caso, por primera vez había de tomar una decisión importante, qué quería ser. Me había sido planteado el dilema poco antes de la misa dominical y durante el oficio busqué una señal, esperando que Dios me guiara, que proveyera. No vi indicaciones en las imágenes de santos y de vírgenes que habitaban en la iglesia, así que como el cabo de la guardia civil, con su uniforme, fue el último en salir del templo aquel domingo, tiré por la vida castrense. A falta de otras señales, aquella me pareció suficiente.

Al poco de llegar al cuartel para hacerme un hombre, y estando al sol con las piernas estiradas y las manos sobre la barriga, me dijo un sargento:

Aquí hay que trabajar, no se puede holgazanear. Para eso, de la tapia para fuera.

Yo soy de pueblo, no sé hacer casi nada ―respondí buscando permiso para seguir como una lagartija al sol.

¿De pueblo? Pues a las cuadras.

Y allá que fui sin queja alguna. Apenas llegué, un caballo más alto de alzada que yo mismo me espantó de su lado con una coz que me dejó atontado y un brazo roto.

Inútil para las caballerizas, y para casi todo, acabé en la cocina, de pinche. Ni sabía ripio de cocina entonces, ni lo sé ahora. Atribuí mi nueva responsabilidad al Dios proveerá y no protesté, a pesar de que el demonio me guiaba en la tarea: un día era soso lo que al siguiente era salmuera; una salsa quedaba rica hoy y mañana era engrudo; y así día tras día, manejaba sin pensar cazuelas, saleros y lo que me mandaran.

La tropa arremetió contra mí tras dos semanas, con razón, pero mi condición de lisiado y la protección del párroco castrense me mantuvieron a salvo. Este último, el sacerdote cuartelero, me había cogido cariño, porque desde que andaba yo en la cocina todos los soldados rezaban antes de comer, los que eran religiosos y los que no.

Mi brazo no sanó bien, y aún hoy la mayor parte del tiempo parece que estoy tocando una guitarra invisible. Viendo que este mal me dejaba inútil para la actividad militar, me expulsaron de las cocinas, del cuartel y del ejército.

Estaba de nuevo en el brete de tener que elegir y, como en todas las decisiones importantes en mi vida, que ya alcanzaban el número de dos, esperé la indicación divina parado a la puerta del cuartel. Cuando comenzaban a dolerme los corvejones por la postura, pasaron ante mí dos monjas que, más por cansancio que convicción, tomé por la esperada señal. Las seguí y acabé en una iglesia. Como comencé, concluí.

El que esté perdido, que busque la Cruz, que busque al Padre ―dijo el sacerdote en su sermón.

Sin ser muy espabilado vi en ello un aviso blanco y en botella: vuelve al pueblo con tu padre, el cura. Y no hizo falta más.

Retorné al campo y si bien metido en la taberna se ve poco cielo, yo pasaba los días esperando nuevas noticias desde allí arriba que me dijeran por dónde tirar. Acodado en la barra y pensando en mis cosas, me vi azuzado para que me presentara a alcalde, si bien sé que fue más por descarte que otra razón y porque no había otro, que no soy tonto. Al principio dudé si aceptar y miraba buscando una señal, pero cuando me dijo el tabernero que si aceptaba me invitaba al próximo vaso de vino, y bien sabe Dios que esa es su misma sangre, agarré la oferta del vino y con ella la de alcalde.

Mala cosa, pensarán, ya que el cargo obliga a tomar decisiones. Pues, según parece, he sido el mejor edil que ha habido nunca en la comarca, y ya van para veinte los años que llevo en el puesto. No he tomado muchas decisiones en ese tiempo, apenas media docena, y siempre lo he hecho bajo el Dios proveerá. Suele haber otros que las toman por uno, y en ocasiones se toman solas si uno las deja. Sin ir más lejos, el ¿tiramos el puente y lo hacemos nuevo o arreglamos el viejo?, que parecía un quebradero de cabeza, no fue tal. Con esperar un poco, entre que si sí y que si no, el puente se vino abajo y todo hecho. Y así, haciendo poco y decidiendo menos, he llegado a ser el mejor político que se recuerda. En la capital dicen que mi tranquilidad y mi calma ante cualquier problema son envidiables. Es normal, con todo lo que tiene Dios entre manos, no va a estar enviando señales todos los meses, así que mejor la calma y ya proveerá.