Carta a mi padre, Josefina Estrada

screenshot_2015-05-14_at_10-41-49El sueño te dejó una sonrisa tranquila, apacible, de hombre justo. Quizás te fuiste feliz: por fin conseguiste tu mayor deseo. Yacías en tu cama cuando me despedí de ti. Toqué tus dedos. Necesitaba tocar la frialdad. Te besé en la frente helada y te di las gracias. Qué otra cosa podía ofrecerte, yo que me negué a darte lo poco que me pedías en tus últimos años, en tus últimos meses de agonía. Me pedías dinero. Me irritaba que supusieras que, porque tenía un flamante coche último modelo, podías acercarte como niño inoportuno a pedirme lo que fuera mi voluntad darte. Y yo me rebelaba: un padre no debe ser desvalido ni pordiosero. Y luego, al final, me pedías para cigarros, un refresco; yo te decía, lo sabes bien, que ya le había dejado a mi mamá. Ella me indicaba que no te diera dinero porque te salías a la calle a comprar cigarros y alcohol. Te escuché maldecir el encierro, la invalidez y —en secreto, entre dientes— me confiabas que te querías ir, que ya no aguantabas a mi madre ni sus regaños. Que te diera lo suficiente para comprar un pasaje y alquilar un cuarto para vivir lejos, muy lejos. Yo entendía que quisieras irte; conozco el deseo de soñar entre paredes extrañas y ajenas. También sabía que nunca estuviste a gusto en el mundo que te tocó vivir. Por eso huiste de él cuantas veces te fue posible. Presenciar cómo fuiste convirtiéndote en un niño enfermo y loco me obligó a despedirme de ti antes que realmente te fueras; viví tu muerte mucho antes de ese 26 de febrero.

Durante años dijiste que querías morirte porque ya habías cumplido, que tus hijas eran grandes y no te necesitaban. Es cierto que no hacían más falta tus esfuerzos por hacerme mujer de bien. Ni siquiera hoy podría saber para qué querría un papá que repetía, cada vez que podía, las mismas hazañas. Era imposible hacerte cambiar o enriquecer la sabida historia. Las hijas casadas ya no necesitan de su padre. Las mujeres quieren un papá cuando son niñas, y yo no te recuerdo en mis primeros años.

Fue más tarde, cuando estuvimos juntos todas las mañanas, largos sábados y tardes dominicales en casa. De los ocho a los quince años sí tuve papá. Al hombre que me compró un par de zapatos de charol azul claro. Allí estabas, como ángel guardián, detrás de mí, con tu enorme bolsa de periódicos y revistas echadas al hombro mirándome. Caprichosa y exigente, nada me conformaba. Muchos sábados me diste el gusto de comprarme zapatos aunque no los necesitara, porque se me había antojado estrenar el domingo. Con tu gesto festivo y cómplice recorríamos la avenida Jalisco, de principio a fin, hasta encontrar el par que me hiciera feliz.

Había dejado de ser la hija de un teporingo para convertirme en la niña de papá que podía comprar latas de chocolate Exprés y bolsas de dulces. Esos años fuiste mi héroe, habíamos salido de la miseria para vivir una pobreza digna. Podíamos darnos el lujo de comer tres veces al día sin que mi mamá se tronara los dedos y la espalda. También eras el papá guapo. De nariz hermosamente perfilada y de frente amplia. De sonrisa fácil. Y dueño de unos ojos que sabían mirar a profundidad. Tu sabiduría la delatabas en esas silentes miradas que podían traspasar el alma. Era una de tus jactancias: “Me basta una mirada para calibrar a la gente. De un vistazo sé reconocer a una persona instruida, respetuosa, de un hijo de la chingada por muy leído que sea. A mí ningún licenciado va a venir a decirme cómo es la vida. La vida no se enseña en la escuela”. Pero en esa afirmación te contradecías: a tus siete hijos les diste educación, decías que era la única herencia que nos dejabas. Y yo me la creí: he ido acrecentando la fortuna.

Por eso, insisto, de qué podría servirme un padre que quería morirse desde antes que yo naciera. Por esa gana te perdiste en el alcohol los primeros siete años de mi vida. Y cuando cumplí quince, el día de la fiesta volviste a tomar y tus etapas alcohólicas se harían cíclicas. Mis dos hermanas y yo lloramos, en medio del estruendo del conjunto musical. Yo lloraba porque recordé las miserias de la colonia Capulín, tu olor de muerto en vida. Se hizo presente mi odio por ese señor que decían era mi padre, pero era mi vergüenza. En mi lujosa fiesta de quince años recordé a la niña que rezaba y rogaba a Dios por tu muerte y te llevaras ese olor de carne podrida. Quién quiere un padre amarillento, tembloroso. Quién necesita un padre que permite que sus hijas vivan entre ratas y aguas que se desbordan, que convierten las mesas en lanchas.

Pero luego, cuando me rescataste de la servidumbre, dejé de ser la hija de la sirvienta para convertirme en tu hija la mayor; te quise tanto… Me gustaba estudiar para que me regalaras las alhajas que guardabas en tu cajón de bolear. De ahí escogí una esclava de oro, con un elefantito; un anillo de graduación con una alejandrina roja. Un reloj plateado, con brillantitos en la carátula; aretes, medallas, pulseras, prendedores… Lo que mi gana eligiera. Yo escogía las fechas de entrega: el día de mi santo, mi cumpleaños, cuando trajera la boleta, cuando saliera en una ceremonia, cuando pasara año… Y en todo me complacías. Luego me cansaba de alguna joya y te pedía que me la cambiaras.

Me entretenía mucho vendiendo periódicos, mirándote bolear zapatos, escuchando la plática que entablabas con los clientes, generalmente de política; no entendía cómo podía interesarte asuntos tan lejanos a tu vida diaria, en qué podían afectarnos los enjuagues de los gobernantes. Me encantaba observar a la gente que llegaba a venderte o empeñarte alhajas, monedas, plumas, relojes… A veces sospechaba que eran robados, pero no me alteraba mayormente porque tú los estabas comprando; los otros se los habían robado. No obstante, a veces llegaron agentes secretos, bien trajeados, a extorsionarte; tampoco era muy grave porque otros judiciales te traían lujosas prendas: esclavas y medallas de hermoso labrado o relojes de oro. Mucha gente iba a comprarte, pero nadie se llevaría lo que yo había escogido. Y ganabas, según me decías, el doble en cada venta. Generalmente, te alejabas de mí para que no escuchara las transacciones. Pero alcanzaba a ver el nerviosismo de los vendedores por conseguir un pago rápido; a ti te gustaba dilatar el cierre de la operación.

Ya en la preparatoria, unos agentes no aceptaron tu cuota y te encarcelaron. Mi madre pidió un fuerte préstamo en la Unión de Voceadores y, frente a mí, les entregó esa cantidad. Pocas veces he sentido tanta furia; si el odio matara, ese par de agentes hubieran caído acribillados. La fuerza letal de mi mirada los hizo reparar en mí. Acostumbrados, hicieron un gesto de quien se quita una basurita del saco mientras seguían contando los billetes. Tiempo después, alguien violó la puerta de la caseta de periódicos donde guardabas tu tesoro, tu cajón de bolear, y ya no volviste a vender ni comprar.

No sé por qué me vienen estos recuerdos, pero si los escucharas, nada me responderías; mucho menos, abundarías. Quizás sólo dirías “todo lo hice para darles una educación, para que ningún cabrón se sintiera con el derecho de ponerles la mano encima. Para que manden a chingar a su madre a cualquier güevon que les quiera ver la cara. Todas ustedes nacieron con buena cabeza, como su padre; no fui a la escuela, pero tampoco me hizo falta. Ya puede llevarme patas de catre; ustedes ya son unas mujeres instruidas. A ver, díganme, quién iba a creer que un briago como yo iba a sacar adelante a tanta mujercita. Por eso dejé el vicio, cuando vi que su madre se podía largar con cualquier tarugo y mis niñas iban a terminar vendiendo chicles o exponiéndose a que se las robaran. Fue entonces cuando pensé con esta inteligencia que Dios me dio, y me dije: Ya compórtate y atiende a tus hijas, ahora que están chiquitas. Esta cantaleta, papá, te la escuchamos miles de veces, en tu juicio o borracho. Cualquier conversación contigo, más allá de la media hora, iba a desembocar en la hazaña de tu vida: ser abstemio por siete años.

Estabas orgulloso de que, a pesar de tus severas recaídas, seguiste trabajando de sol a sol, bajo la lluvia y los vientos. Entre las cosas que me enseñaste y, nunca te dije, es que aprendí a leer el cielo, a reconocer a qué hora iba a llover. En infinitas ocasiones he cerrado la puerta y detrás de mí se ha desatado la tormenta. Mi conocimiento viene de incontables días plomizos que vivimos juntos. Veías acercarse el agua y calculabas cuántos minutos tardaría en llegar la lluvia. De acuerdo con la negrura y la fuerza de los vientos sabías si sería llovizna, chubasco o una interminable tormenta. Y entonces tomabas las provisiones del caso. Teníamos que poner los hules sobre las revistas. Muchas veces llegaste a toda carrera, regañándome porque en qué estaba pensando, qué hacía que no miraba que ahí venía el agua. Seguramente estaba leyendo, qué otra cosa podía hacer. No eran elegantes tus reclamos; jamás lo fueron. Seguro me habrás dicho: ¡A ver a qué hora, jijos de la chingada, vas a poner lo hules! Corrías agarrándote el mandil del cambio. No era extraño ver rodar las monedas, romperse los ganchos de madera, subir a toda prisa las cajas de cartón en la parrilla, digamos, el palito de la letra A del puesto. Las tormentas me gustaban porque me subía a la parrilla y podía dormir o leer, si la luz lo permitía, o asomarme a ver caer el agua. Era encantador no estar al pendiente de la venta ni de la gente que robaba revista ni del viento que las arrebata y las ponía volar a lo largo y ancho de la avenida. Lo molesto era recoger, guardar la revista bajo la anochecida lluvia. Por supuesto, se caía y se mojaba, y tú te encabronabas. Que mis pies chapotearan y se helaran te tenía sin cuidado; a mí también, la verdad; lo importante era salvaguardar las revistas. No tanto los periódicos, que eran baratos y, para esas horas, ya no se vendían.

Era feliz, papá, y espero que lo hayas sabido. Las niñas no saben ocultar la dicha. A quién no le gusta sentir el sol, los árboles, las rosas, el agua de la fuente de la alameda mientras su padre trabaja y gana dinero para su familia. Adoré a ese padre. Me enamoré de su nariz. De sus torpes caricias y de sus tontas palabras cargadas de afecto. “Chata cara de perro”, me decías. No me ofendía, es grata la nariz fresca de un perro. Era tu manera de decirme que me querías. Una de las muchas formas en que me trasmitiste tu amor huraño, hosco. Todo tú eras elemental, sin pulir, áspero, como piedra preciosa.

En tus últimos años, papá, resurgió la niña que no quería a ese papá enfermo, agobiado por los estragos del alcohol, de los golpes y derrames internos. No recé para que te murieras. No deseaba tu muerte, pero fue lo mejor que pudo haber sucedido. Ya no querías la vida, tus niñas ya tenían hijos, y tus nietos te sostuvieron un año. Y a mí me sirvió para decirte adiós en silencio.

Mientras te miraba tendido en tu cama, muerto por primera vez, mi hijo, vestido de negro, me abrazaba y escuchaba latir su corazón. Mi esposo estaba trabajando, como buen padre, como buen marido. Mi niña estaba en la escuela. Así es la vida, papá. Y ya lo sabías.

P.D. Cada día 26 te recuerdo y entiendo el mensaje que me envías. Sé que las vivencias de esos días son el muestrario de las josefinas que soy, que no puedo dejar de ser. Perdona mi soberbia de mujer instruida, así me soñaste. Gracias, papá, por darme la vida. La que pudiste darme.