Tránsito de horrores cotidianos, David Roas

Alana Dee Haynes

Alana Dee Haynes

La primera vez que lo vi yacía tranquilo en su ataúd. No aparentaba más de cincuenta años, cara anodina, traje barato. Nadie le velaba. Yo había entrado en la sala por error. Dos días antes había muerto Paco, un amigo de la infancia, y esa mañana decidí pasar por el tanatorio a dar mis condolencias a Marta, su viuda. Fui temprano, antes de ir a trabajar: así evitaba la aglomeración de familiares y curiosos y, lo reconozco, las inevitables muestras de pesar. No es que no me doliera la desaparición de Paco (aunque hacía ya un par de años que no nos tratábamos), pero no quería empezar esa mañana rodeado de gente llorando. Todo lo contrario de lo que sucedía con aquel muerto anónimo y, aparentemente, olvidado. Tras unos minutos observándolo, salí en busca de la sala correcta.

Allí le di el pésame a Marta y a varios familiares, y tras esperar un rato (diez minutos me pareció un lapso de tiempo adecuadamente respetuoso) me marché. Al pasar de nuevo ante la sala en la que reposaba el muerto ignorado, no pude evitar asomarme otra vez. Quería comprobar si todavía permanecía incomprensiblemente solo.

El ataúd seguía destapado y volví a echarle una ojeada. No sé por qué, pero me pareció aún más desamparado que al principio.

Ya en el coche y camino del trabajo, su imagen no dejó de acompañarme. La radio no ayudaba: todas las canciones (fui cruzando emisora tras emisora) sonaban triviales, vacías. No podían competir con la sensación de soledad que me llevé del tanatorio. Obsesionado por aquel cadáver, estuve a punto de saltarme un semáforo en rojo. Miré hacia los peatones con la intención de disculparme y entonces lo vi. El muerto estaba allí, entre el gentío, mirándome fijamente con gesto serio (no parecía enfadado, recuerdo que pensé, aunque no sé por qué tenía que estarlo y menos conmigo, pues no me conocía). Mientras la gente empezaba a cruzar el paso de cebra, él se quedó quieto, observándome. Yo no podía hacer otra cosa que mirarlo. Sabía que su presencia allí era imposible, que tenía que ser producto de la sugestión (dos muertos en un mismo día eran demasiados). Entonces me arrepentí de haber contemplado su ataúd durante tanto tiempo, de preocuparme por aquel muerto desconocido. Un bocinazo me sacó de mis reflexiones anunciando que el semáforo estaba en verde y obligándome a alejarme de allí. Por el retrovisor pude comprobar que el muerto permanecía impasible, mientras seguía mi coche con la mirada.

El segundo encuentro tuvo lugar unas horas después en la oficina. Al pasar junto al ascensor, el ruido de la apertura de sus puertas me hizo atisbar involuntariamente a su interior. Y él estaba allí, solo, observándome fijamente como en el semáforo. Antes de que pudiera reaccionar, las puertas se cerraron. Pulsé el botón varias veces, pero no se abrieron. La señal luminosa indicaba que el ascensor estaba bajando y salí corriendo hacia las escaleras. No tardé demasiado en descender los dos pisos. Cuando llegué al vestíbulo, el ascensor estaba ya en reposo, con sus puertas abiertas. Me acerqué al cubículo del conserje. Pero éste me dijo que nadie había salido del ascensor en mucho rato.

Con aquella agitación se hacía imposible trabajar. Decidí que lo mejor era marcharme a casa. Durante todo el camino conduje distraído, obsesionado con la inexplicable presencia de aquel muerto. Barajé posibles soluciones, ninguna de ellas satisfactoria: sugestión, locura, alucinación, broma (esa explicación me pareció la más absurda)…

En la puerta de casa me asaltó la sospecha (y el terror) de que el muerto estuviera dentro, esperándome. O algo peor. Pensé en marcharme de allí, en buscar un hotel. Pero dada la facilidad con la que me había seguido a lo largo de aquel día, no era difícil imaginar que tarde o temprano daría con mi escondite. Abrí la puerta con sumo cuidado, imaginando, previendo el susto que me esperaba. Tuve suerte. La casa estaba vacía, tal como la dejé. Antes de acostarme revisé todas las habitaciones, temiendo que hiciera su aparición en cualquiera de ellas.

Esa noche dormí poco y mal. En varias ocasiones me pareció sentir la presencia del muerto junto a mi cama, lo que me hacía despertar bruscamente. Pero cuando me incorporaba y encendía la luz, la habitación seguía tranquila como siempre. En mis breves y agitados sueños, el muerto se empeñaba en aparecer junto a mí en todos los lugares que recorría.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, me asomé a la calle. El muerto estaba junto a la farola de la acera de enfrente, mirando fijamente hacia mi ventana. Mantenía la misma actitud hierática que en sus apariciones del día anterior. Intuí que me esperaba. Sin embargo, cuando me atreví a salir, había desaparecido.

En ese momento se me ocurrió volver al tanatorio y comprobar si el cadáver continuaba allí. Y así era. Aunque esta vez le velaba una mujer vestida totalmente de negro. Sentada muy cerca del ataúd, tejía obsesivamente. No me vio asomarme, y no le dije nada.

Ese día el muerto tardó en aparecer de nuevo. Lo encontré sentado al final del autobús que tomé para volver a casa (en mi estado de nervios había optado por no conducir). Estuve tentado de sentarme junto a él, pero algo me lo impidió. Temía su contacto. O que me hablara. Pensar en oír su voz me hizo temblar. Cuando bajé del autobús, lo vi de nuevo junto a la tienda en la que entré a comprar algo para cenar, apoyado en el quiosco (parecía cansado) donde siempre compro el periódico, sentado en uno de los bancos del parque que suelo atravesar camino de casa…

Desde ese día, no he dejado de encontrármelo allá donde voy. Casi me he acostumbrado a su presencia. Pero al mismo tiempo ha nacido en mí el miedo ante la posibilidad de dejar de verlo. Temo lo que eso pueda significar.