Hemorroide, Etgart Keret

Jack Montgomery

Jack Montgomery

Esta es la historia de un hombre que sufrió de una almorrana. No de hemorroides, sino de una sola y triste almorrana. La almorrana empezó siendo pequeña y molesta, enseguida se hizo mediana e irritante, y a los dos meses ya era grande y dolorosa. El hombre siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero la almorrana esa, que tenía colgando de la vena, le recordaba en todas las reuniones largas o cuando estaba estreñido que la vida es un jodido sufrimiento, que la vida es bien molesta y puñetera. Y así, antes de tomar cualquier decisión importante, el hombre escuchaba a su almorrana lo mismo que hay otros que escuchan su conciencia. Y la almorrana, como almorrana que era, le daba unos consejos para el culo. Le aconsejaba despedir a este o al otro, no ceder, enfadarse y quejarse. Y la verdad es que funcionaba, porque el hombre cada día cosechaba más y más éxitos. Las ganancias de la empresa que presidía no hacían más que aumentar, y con ellas la almorrana. Hasta que llegado un momento la almorrana ya era más grande que el hombre. Aunque ni siquiera entonces dejó de crecer. Finalmente, la tal almorrana acabó por encabezar el directorio de la empresa. Y a veces, cuando la almorrana se sentaba en la butaca de la sala de reuniones, el hombre que tenía debajo le molestaba un poco.

Esta es la historia de una almorrana que sufrió de un hombre. La almorrana siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero el hombre que tenía colgando de la vena le recordaba en todas la reuniones largas o cuando estaba estreñida que la vida es amar, que la vida es dolor, que la vida es un jodido sufrimiento, pero que también se puede ir a mejor. Y la almorrana escuchaba al hombre lo mismo que las personas, muchas veces, escuchan los retortijones del vientre cuando este exige alimento, sin demasiadas ganas pero con resignación. Y gracias a ese hombre la almorrana se esforzó por creer que podía perdonar, y lo intentó. Por mantener su honor y el de los demás. Y si alguna vez todavía maldecía, ponía cuidado en no mentarle la madre a nadie. De manera que gracias a aquel pequeño y molesto hombre que tenía en el trasero, la almorrana se convirtió en una almorrana querida por todos: por las almorranas, las personas y, por supuesto, por los accionistas de su compañía, desperdigados por todos los rincones del mundo.