¿Tengo que cambiar?, JCPozo

jack Delano

jack Delano

Tengo que cambiar” se dijo el hombre ancestral.

Ya no puedo andar de aquí para allá y dejarme arrastrar por donde me lleve el viento; ya me cansé de siempre dejar la vida a merced de las inclemencias del tiempo; habrá que procurar una guarida, donde sea mi hogar y me de alimento. Tengo pegada el hambre en las costillas, sufro de un eterno desvelo y tengo los nervios a punto de tronar.

¿Qué no habrá otra salida para que no me vaya tan mal?”

Llegó el agua divina y el buen hombre vio parir la tierra. Ahí, hizo su casa, cosechó su comida y formó un hogar. Y como abundante crecía calor, agua y alimento, llegaron otros corriendo a querer, de su trabajo, gozar. Se podrán imaginar en que resultó el desacuerdo.

La injusticia, sin duda, es la azuzadora del odio; y éste, trepando en el alma del buen hombre, empezó su naturaleza a cambiar. Así, el que pudo ser hermano, se volvió rival.

Tengo que cambiar”, se dijo un buen hombre moderno.

Ya no puedo estar impasible mientras me dejo llevar inconsciente por el tornado de azufre que despide el mundo. Me están saliendo unas como explosiones en el ijar izquierdo, sufro de un calentamiento cerebral y padezco del síndrome de inmunidad ante el dolor ajeno.

¿Qué fue lo que pasó, que me ha puesto tan enfermo?”

El pobre hombre moderno se angustia al ver cómo lo va cubriendo una naturaleza diferente, una actitud de la que no se puede librar; una mística engendrada por los turbios valores de su tiempo. El rito al rencor lo ha tornado sordo e inconsciente a las voces que claman respeto y dignidad; y él empieza a flaquear por dentro, a alejarse de su propia identidad que nació para ayudar al otro, a su hermano, al que le tocó la suerte de ir por esta ruta de alegrías y llantos.

Sin embargo, hay un aliento, ya dio ese paso que cuesta tanto: primero, reconocerlo, para luego poderlo cambiar.

De más allá del mar, llegó el hombre sin tiempo y nos dijo:

Para conocerse el alma hay que olvidarse del cuerpo”; y supo que no era cuestión de cambiar, sino de acercarse al que siempre hemos sido por dentro, al que simplemente es y desde siglos se ha sometido al entierro, por noble, por divino. Una esencia que el mundo abortó por quererla cambiar.

¿Cómo una luz tan brillante puede caer víctima de la penumbra?

A veces hay eclipses y ni el sol con su poder los puede evitar; pero aunque temporalmente pierde el brillo, hay ciencia cierta en que siempre lo vuelve a recuperar. Así también nuestra luz se apaga cuando nos alejamos de su bien para ir a buscar otro brillo que afuera no existe, que es, con nosotros y en nosotros, los portadores galácticos de su luminosidad.

El hombre sin tiempo sabe que su brillo es el de todos; y que si los demás descubren esto, no hay necesidad de cambiar.