Pasajero, Miguel Ángel Carmona del Barco

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Me quedan seis meses de vida y voy al hospital a ver si subo a doce. Es un doble o nada, así que en el bolsillo llevo mi cepillo de dientes: mi cicerone en este descenso a los infiernos.

No se puede estar más solo en el mundo. Cuando uno llega a este punto, hasta la muerte hace compañía. O por lo menos la idea que tenemos de ella, que a lo mejor está muy equivocada. Yo la veo llegar con cuerpo humano, no como una bruma ni una energía extraña. La personalización de la muerte, según el psicólogo del hospital, es una forma de aceptación, pero a mí la palabra aceptación me da más miedo que la muerte.

No quiero hablar de lo que era. Lo que soy es suficiente prueba de ello. Quien sepa leer entre líneas tendrá una visión de mi pasado sin censurar.

Ya no me alegro de las desgracias ajenas e incluso siento cierta satisfacción al pensar en que hay gente feliz. Según el psicólogo, eso es buena señal. Por lo visto mi puta humanidad va a revertir la metástasis. No hay buenas señales para un muerto o, al menos, ningún vivo puede tener los suficientes cojones para decírtelo a la cara.

Sin embargo, es una buena señal. Señal de que voy a morir menos empachado de rencor, de sentimiento de culpa, de bilis, menos vacío.

Peruanos, rumanos, moros, cameruneses; no hay ni un puto español en todo el vagón y, el único que hay, se está muriendo. Ése es el retrato de este país podrido. También eso ha cambiado. Desde que sé que me muero, estas almas en pena me producen cierta compasión, cierta empatía; los miro a los ojos y veo hijos, padres, madres, y no tengo los mismos huevos que antes para decir que se mueran en el mar o que los maten por el camino. A veces lloro cuando los veo en familia: educan a sus hijos como humanos y no como animales. Es como si toda la pureza de la vida me hubiese sido ocultada y me estallara ahora delante de mis ojos recién abiertos. También le dije esto a mi psicólogo, y el hijo de puta se rió. Sé que pensó: «¡coño, qué pena que te mueras ahora!»

Casi todos los que estábamos dentro ahora estamos fuera. Mi oreja está en algún lugar de la estación, junto a la pierna de la peruana que se sentaba a mi lado y, probablemente, también junto a algún que otro brazo o hígado rumano y moro. Estoy intentando reunir las fuerzas suficientes para levantarme y pasear por entre mis compañeros de futuro. Lo consigo trastabillando. Una mano me agarra el tobillo y tiro instintivamente para librarme, pero no me resulta fácil. Pido por favor que al final del brazo haya un cuerpo y, unido a ese cuerpo, una cabeza. Es la peruana. Está blanca y tranquila, tumbada como si se hubiera echado a morir. Me agacho. Me acaricia la cara con una mano extrañamente cálida aunque, en realidad, es mi sangre que mana de alguna brecha la que extiende por mi mejilla.

Amor mío, me dice.

Yo le cojo la mano y se la aprieto.

¿Eres tú? —me pregunta.

Asiento mientras abarco nuestras manos con la que me queda libre.

¿Viste cómo lo conseguí? Decías que no, que yo no valía para esto ni para nada. ¿Viste cómo te equivocabas?

Lo sé; me equivoqué —le contesto. En ese momento yo soy quien ella quiera y ella es quien es. Cualquier combinación, por absurda que parezca, es más deseable y completa que mi vida real—. Pero lo conseguiste, ¿eh?

Ella sonríe y sangra por la boca. El trozo de pierna que aún se mantiene en su lugar convulsiona y ella respira entrecortado. Yo le aprieto tanto la mano que escucho crujir sus huesos.

No me dejes —le pido.

Te estaré esperando, mi amor —me dice mientras cierra sus ojos castaños.

Me tumbo junto a ella y miro el techo de la estación. Escucho los gritos, las sirenas y un gran estruendo de teléfonos móviles, como pájaros en bandada. Sueño con levantar el vuelo y marcharme con ellos. Es extraño y contradictorio. Ahora morir es secundario. Me siento vivo y es todo cuanto tengo. En la explosión perdí mi cepillo de dientes.