Banderines de oración, José Manuel de la Huerga

Dang Van Can

Dang Van Can

(Del diario apócrifo de Antonio Lozano, el Pajarero, uno de los personajes de Pasos en la piedra)

Dicen que cuando uno se pasea por los aledaños del techo del mundo los encuentra a cada paso. Un niño de Barrio pensaría que en ese pueblo están continuamente de fiesta. Tal alegría proclama la exposición de trozos de papel bailando a los cuatro vientos, y en cada triángulo de color un mensaje a los dioses, a los muertos, al corazón, a todo lo que no se toca.

Uno de mis recorridos habituales discurre paralelo al agua, por Trascastillo, hasta la Central de San José. Regreso a mi época de bachiller de pantalón corto y acompaso el ritmo de mi corazón acelerado y boqueante al olor dulzón de los chopos que amarillean en otoño. El río que baña Barrio de Piedra tiene vida, recoleta y hasta cierto punto embarullada, pero vida al fin. Uno no vive como quiere, sino como le deja el mundo.

Por el sendero que discurre paralelo al agua encuentra el caminante ―o el corredor de fondo lento― imágenes desapercibidas a unos ojos veloces. Entre la maleza y los juncos, el arbolado de ribera y el hilo sinuoso del agua se compone más de un cuadro entre los párpados que acaso interesaría a algún pintor de trazos mínimos.

Éste es el de hoy: la brisa benévola de la tarde aventando banderines de oración. Eran más bien hileras de hojas amarillas, aún menudas, en la rama de un chopo joven. Todas iguales, cada una diferente, bailaban y hablaban con lo que no vemos, en un idioma intraducible. Los mensajes de las hojas no decían palabra conocida. Allí no había dioses a quienes rogar ni devoto que orara. Sólo pequeñas hojas amarillas mecidas en hilera por el viento a la luz del otoño, y yo, afortunado, que pillé el instante efímero.

¿Qué queda cuando no hay dioses ni devoto, ni siquiera mensaje? Puro éxtasis de la materia, irrepetible, gratuito, inservible, inútil…, inexistente ya. Y bien que así sea.