Mujeres que encogen, Lily Myers

Cherine Fahd

Cherine Fahd

Desde el otro lado de la mesa de la cocina, mi madre sonríe con un vaso de vino tinto que se bebe en una taza medidora. Dice que no se priva, pero he aprendido a encontrar un matiz en cada movimiento de su tenedor.

En cada arruga de su frente según me ofrece lo que queda en su plato. Me he dado cuenta de que solo se come la cena cuando se lo sugiero. Me pregunto qué hará cuando no estoy ahí para hacerlo.

A lo mejor es por esto que mi casa me parece más grande cada vez que vuelvo; es proporcional. Según encoge, el espacio alrededor de ella parece más amplio. Ella mengua mientras mi padre aumenta. Su tripa se ha puesto redonda por el vino, la noche, ostras, poesía. Una novia nueva que tenía el sobrepeso de una adolescente pero de la que ahora mi padre dice “que le encanta la fruta.”

Pasó lo mismo con sus padres: mientras mi abuela se volvió frágil y angular, su marido se hinchó, mejillas rojas y redondas, tripa rechoncha y me pregunto si mi linaje es uno de mujeres que encogen haciendo espacio para que entren los hombres en su vida sin saber cómo volver a rellenarlo una vez se marchan.

Es por eso que las mujeres de mi familia llevan décadas encogiendo.

Lo hemos aprendido todas unas de otras, de igual forma que cada generación le enseñó a la otra como tejer, hilando en silencio entre hebras que todavía puedo sentir cada vez que camino por esta casa creciente, con comezón, recogiendo todas las costumbres que mi madre ha ido dejando sin darse cuenta como trozos de papel arrugado de los bolsillos en sus incontables paseos de la habitación a la cocina y a la habitación otra vez. Noches en las que la escucho deslizarse para comer yogur entero en la oscuridad, una fugitiva robando unas calorías a las que no tiene derecho, decidiendo cuántos bocados son demasiados, cuánto espacio se merece ocupar.

Viéndola batallar o la imito o la odio, y ya no quiero hacer ninguna de las dos cosas. Pero la carga de esta casa me ha seguido por todo el país. Hoy hice cinco preguntas en clase de genética y todas ellas empezaron por la palabra “perdón”. No sé los requerimientos para graduarse en sociología porque me pasé toda la reunión tratando de decidir si me podía tomar otra porción de pizza. Una obsesión circular que nunca quise, pero la herencia es accidental – todavía me mira con los labios manchados de vino desde el otro lado de la mesa de la cocina.