Las confesiones de un pequeño filósofo, Azorín

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No me podrán quitar el dolorido sentir…

Garcilaso: Égloga I.

Yo, pequeño filósofo, he cogido mi pa­raguas de seda roja y he montado en el carro, para hacer, tras largos años de ausencia, el mismo viaje a Yecla que tantas veces hice en mi infancia. Y he puesto también como viático una tortilla y unas chuletas fritas. Y he visto también desde lo alto del puerto pedregoso los puntitos imperceptibles del poblado, allá en los confines de la inmensa llanura, con la cúpula de la iglesia Nueva que irradia luminosa. Y he entrado después en la ciudad sombría… Todo está lo mismo: las calles anchas, las iglesias, los case­rones, las puertas grandes de los corrales con elevadas tapias.

Y por la tarde he recorrido las calles anchas y he paseado por la huerta. Y al anochecer, cuando he vuelto a la casa en que vivió mi tío Antonio, he dejado mi paraguas en un rincón y me he puesto a escribir estas páginas. Son los últimos días de otoño; ha caído la tarde en un crepúsculo gris y frío. La fragua que había paredaña, ya no repiquetea: al pasar ya no he podido ver el ojo vivo y rojo del hogar que brillaba en el fondo oscuro. Las calles están silenciosas, desiertas; un viento furioso hace golpetear a intervalos una ventana del desván; a lo lejos brillan ante las hornacinas, en las fachadas, los farolillos de aceite. He oído las lechuzas en la alta torre de la iglesia lanzar sus resoplidos misteriosos. Y he sentido, en este ambiente de inercia y de resignación, una tristeza íntima, indefinible.

Esta tarde, mientras paseaba por la huerta con algunos antiguos camaradas, veía a lo lejos la enorme ciudad, agazapa­da en la falda del cerro gris, bajo el cielo gris. Discurríamos silenciosos. Cuando llegaba la noche, uno de los acompañan­tes ha dado unos golpes en el suelo con el bastón, y ha pronunciado estas pala­bras terribles:

-Volvamos, que ya es tarde.

Yo, al oírlas, he experimentado una ligera conmoción. Es ya tarde. Toda mi infancia, toda mi juventud, toda mi vida han surgido en un instante. Y he sentido -no sonriáis- esa sensación vaga, que a veces me obsesiona, del tiempo y de las cosas que pasan en una corriente verti­ginosa y formidable.

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