Navidad, Robert Walser

johannes-hoffmeister-foraar-1952En un cuchitril, tendida sobre la estrecha cama, hay una mujer, vestida acaso con la misma ropa con la que anduvo hace dos días por la calle, en los ojos una venda. Es jornalera, limpiaba el matadero del pueblo, donde, trabajando en unas condiciones deplorables, unas esquirlas de hueso finas y cortantes han atravesado el ojo. Ahí yace, impotente ante él dolor y el arrepentimiento de no haber sido un poco más precavida. Le hierve la cabeza a más no poder. Pronto será Navidad. ¿Qué Navidad? La tormenta cruje alrededor de la casa —mejor dicho: la chabola—; cae un poco de nieve, migajas, aisladamente, tres, cinco copos, por contarlos, síntoma de un frío atroz constante, ya que cuando nieva intensamente hace más o menos calor.

De las paredes de la habitación miserablemente engalanada cuelgan imágenes de santos, oleografías baratas compradas por un par de céntimos no importa dónde ni cuándo. La mujer contempla los cuadros sin preguntarse qué significan; si pudiera, todo en el mundo lo contemplaría de esta guisa. Tiene la boca desencajada de tanto llorar. Lleva dos días y dos noches así; nadie acude, nadie viene a visitarla. En la habitación hace frío y huele muy mal, la mujer no ha podido ventilarla. Si una habitación no ha sido ventilada y en ella hace frío, en poco tiempo reina el doble de frío. La mujer ha ido al médico, en la ciudad, pero éste no ha sido capaz de verle nada en el ojo. No es difícil imaginar cómo un médico del montón tratará a una mujer pobre como ésta, no con tosquedad, no precisamente con crueldad, oh, no, en absoluto, y sin embargo la trata cruel y toscamente. El esposo de esta mujer está en la cárcel. Era peón de vía. En el suelo, un niño de cinco años juega a solas, consigo mismo, en cuclillas; tiene frío, pero aún no sabe qué significan la helada, el frío y la desgracia. «¿Hay leche?», pregunta.

A causa de no sé qué error de forma, la mujer no puede reclamar el seguro de accidentes. Se lo ha dicho el capataz del castillo del conde. ¿Acaso cabe esperar una ayuda económica por parte del dolor que le oprime el alma? ¿No? Bien, ¿podría venir una señora a la cabaña de la miseria y dejar algo sobre la cama? ¿Tampoco? Bien, así que la pobre mujer debe tener paciencia. Por enésima vez, piensa: «¡Si por lo menos estuviera sana! ¡Eso sí sería una alegría!». A menudo le dan ganas de gritarle a Dios, no porque esté enfadada con él, no, es tan sólo para cambiar de tono y maldecir. Se propone rogarle, pero entonces el dolor le arranca un grito de rabia.

¿Es eso la Navidad? Cuando una mota de polvo está a punto de metérsenos en el ojo, cerramos rápidamente el párpado por miedo y para proteger algo tan suave y vulnerable. La mera idea de que pudiera causarnos una herida duele, escuece y corta por sí sola, pero aquí se aúlla y hay un estropicio en el interior de la cuenca del ojo. El suplicio se ha convertido un ser autónomo y despótico; toda la habitación, toda la existencia es pasto de unas llamas rojas. Tener paciencia es aquí harto difícil. El cerebro es la sede de la paciencia. Se es paciente con la cabeza, con los pensamientos. Pero aquí arden los pensamientos, y a la mujer le da vueltas el cerebro como una rueda de fuego que crepita.

¡Cuánto le gustaría trabajar, dejarse la piel por dos duros! Está dispuesta a que le peguen y la humillen, a que se rían y burlen de ella, está dispuesta a trabajar hasta caer rendida. Tener que estar tumbada, vestida, metida en una cama húmeda y revuelta, la hace sentirse perezosa e inútil. ¡Ser útil! Este deseo arde con más hermosura que todas las velas navideñas del nuevo y el viejo mundo. Poder levantarse del sucio martirio para alcanzar el orden y la pulcritud. Esta idea es más embriagadora que los besos de Romeo y Julieta.

«¿Por qué nadie viene a yerme?», exclama la mujer. Entonces llaman a la puerta y entra un hombre joven, ningún salvador, ningún Cristo, pero por lo menos una persona. Se acerca a la cama, le dice algo a la mujer. El mero lenguaje de los hombres la hace llorar a lágrima viva. El advierte el rostro oscuro y abotargado, le da una moneda. «¿De qué me sirve?» La mujer agarra las manos del joven y se las aprieta contra los ojos; entonces el hombre se va.

¡Generaciones que subís! El mundo es tan grande, tan transparente, tan claro: un carruaje señorial cruza la calle del pueblo a galope, los patos y las ocas se contonean junto al tanque. En la oficina de correos del pueblo alguien manda un giro. Arriba, en el castillo, se prepara la Navidad. El tren se detiene en la estación. Gente que baja, gente que sube, y el tren prosigue su viaje.

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