De moscas y avispas, Niccoló Ammaniti

syrphidae-moscas-que-imitan-a-abejas-y-avispas-10Una mañana me quedé en casa fingiendo dolor de cabeza y vi por la tele un documental sobre insectos imitadores.

En no sé qué parte de los trópicos vive una mosca que imita a las avispas. Tiene cuatro alas, como todas las de su especie, pero las superpone de manera que parecen dos. Tiene el abdomen de rayas amarillas y negras, antenas, los ojos saltones y un aguijón de mentira. No hace nada, es buena. Pero, vestida como una avispa, infunde miedo a aves, lagartos y hasta a seres humanos. Entra tranquilamente en los avisperos, uno de los lugares más peligrosos y vigilados del mundo, y nadie la reconoce.

Me había equivocado en todo.

Ya sabía lo que tenía que hacer.

Imitar a los más peligrosos.

Empecé a vestir como vestían los otros, con zapatillas de deporte Adidas, vaqueros con rotos, sudadera negra con capucha. Me peinaba sin raya y me dejé el pelo largo. Quise también ponerme un pendiente, pero mi madre no lo permitió. En cambio, por Navidad me regalaron una moto, la más común.

Caminaba como ellos, abriendo las piernas. Arrojaba la mochila al suelo, le daba patadas.

Los imitaba, pero con discreción. De la imitación a la caricatura hay un paso.

En clase fingía prestar atención, pero en realidad pensaba en mis cosas, me inventaba historias de ciencia ficción. Iba incluso a gimnasia, les reía las gracias a los otros, gastaba bromas tontas a las chicas. Un par de veces les contesté a los profesores de mala manera. Y entregué un control en blanco.

La mosca se integró perfectamente en la sociedad de las avispas y logró engañar a todos. Creían que era uno de ellos. Que era como hay que ser.

A mis padres les contaba que en la escuela todos decían que era simpático e inventaba historias entretenidas que me habían ocurrido.

Pero cuanto más representaba la farsa, más diferente me sentía. El abismo que me separaba de los otros se ahondaba más y más. Cuando estaba solo era feliz, con los otros debía actuar.

Esto, a veces, me horrorizaba. ¿Tendría que imitarlos toda la vida?

Era como si, en mi fuero interno, la mosca me dijera la verdad. Que los amigos enseguida nos olvidan, que las chicas son malas y se ríen de nosotros, que el mundo de fuera no es más que lucha y violencia.

Una noche tuve una pesadilla de la que desperté gritando. Soñé que la camiseta y los vaqueros eran mi piel y las Adidas mis pies. Y que debajo de la chaqueta, que era dura como un exoesqueleto, se agitaban cien patitas de insecto.

Todo fue más o menos bien hasta una mañana en que, por un instante, deseé no ser una mosca disfrazada de avispa, sino una avispa de verdad.

 

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