Anécdota, Macedonio Fernández

5453e031ac31b_1596_902Me había dejado una mujer, una mujer de la que yo estaba perdidamente enamorado. Cuando suceden estas cosas, uno cree que son terribles, y en efecto lo son: luego se olvidan, como se olvidan todas las cosas en la vida. De manera que ahora ni recuerdo siquiera el nombre de esa mujer tan esencial para mi en aquel momento. Fue algo muy duro. Yo pasé toda la noche en vela y a la madrugada salí a caminar para pensar en ella, pensar que estaría con otro y que me había dicho definitivamente que nunca podría quererme. De pronto me encontré en el barrio de Constitución, sobre los puentes del ferrocarril. No veía el futuro y acaso habría podido llegar al suicidio. Luego pensé: me siento tan desdichado en este momento que sin duda no me sentiría más desdichado en el sillón del dentista. Yo sabía que tenía que sacarme una muela y decidí hacerlo. Empecé a caminar por una calle y donde veía una placa en la puerta, me detenía. Como mi vista ya empezaba a declinar, le preguntaba al portero si en ese edificio había un dentista.

Recorrí varios, hasta que me dijeron: Aqui hay un dentista. Me arme entonces de valor y entré. El dentista me examinó y me dijo: Tengo una mala noticia para usted: tiene que sacarse tres muelas. ¿Que fechas le convienen? Yo soy muy cobarde, le respondí. Si salgo de aquí ya no volveré más. Usted va a sacarme las tres muelas ahora mismo. Entonces mientras me las sacaba, me di cuenta que ese dolor fisico me hacia olvidar de aquella mujer. A los pocos días me encontré con ella. Estaba con su amante; los dos se sintieron incómodos. Y yo le dije a ella: Tengo que agradecerte algo. ¿A mí?, – dijo ella sorprendida-, no sé qué tenés que agradecerme. Luego les conté la anécdota y ambos se rieron

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