Una pequeña historia de amor, Rogelio Guedea

pareja-munecos-de-porcelana-d_nq_np_376001-mcr20254228756_032015-fSobre el viejo radio de la abuela Petra tenemos, mi mujer y yo, una parejita de muñecos de porcelana. No sé cómo llegarían hasta ahí, pero los muñequitos están vestidos a la usanza antigua: ella con un guardainfante color lila; él con una casaca sin chaleco y una gorra de cuartel.

Sentados en una banca que tiene chapetones y palmetas en el respaldo, los muñequitos se miran con delectación. Él rodea con el brazo la cinturita de ella, y ella, con las mejillas ruborizadas, lee en voz baja las páginas de lo que parece La cartuja de Parma, de Stendhal.

La última vez que nos cambiamos de casa —nos hemos mudado tantas veces ya—, al muñequito se le trozó la cabeza de raíz. Nos dimos cuenta cuando sacábamos de la caja los perifollos de la sala y del antecomedor. Triste, mi mujer se valió de todos los medios para lograr pegársela, pero en cada intento se volvía a caer.

Muchos días y muchos meses estuvimos consternados, hasta que una mañana resolvimos colocar la cabeza del muñeco debajo de la banca, con la mirada en dirección a los ojos azules de la linda francesita, a quien una noche de insomnio sorprendimos intentando alcanzar con los labios la lejana frente del hombrecito.

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