Seducción, JCPozo

elene Usdin

elene Usdin

Una mujer hermosa al pasar rociaba de aroma de rosas el jardín de las miradas. Un joven apuesto y tuerto se le acercó diciendo que el otro ojo daría con tal de tenerla cerca, de respirar su aroma cada mañana de todos sus días.

El aroma sensual, – le dijo ella, – el que tanto te sublima, viene precisamente del baño de felicidad que brota de esa profunda pupila; que es el lucero más brillante, la luna que más alumbra y que le da vida a todo el jardín cuando me ves pasar.

El joven tuerto le respondió, siempre galante:

– Celebro que mi felicidad te provoque. El reflejo que incita a que se desaten tus sentidos, es tan solo lo que ves de mí por afuera, mi expresión ordinaria, un gesto de felicidad cualquiera; si así te inspira la luz de uno de mis más averiados sentidos, imagina qué podrías sentir de los que están más fuertes, pero escondidos.

– No dudo que guardes tesoros dentro que enciendan el color de mi piel. Pero para qué arriesgar alguno si en el amor no existe la necesidad; conserva tu mirada, buen mozo, que es algo que ya se acostumbró a amar. Yo seguiré alegrando esa pupila cuando su luz me refleje y su calor encienda los humos de mi perfume, ese aroma que tanto te ha llegado a sublimar.

El apuesto joven tuerto había cambiado ligeramente su visión.

Amada mía, – le dijo, siempre galante – ahora que he escuchado la melodía salir de tu aterciopelada garganta, ha crecido en mi pecho otra ilusión: que este otro ojo te doy, con tal de tenerte cerca y escuchar cada día un saludo de tu voz, que me llame por mi nombre, que pregunte cómo estoy.

Siguieron conversando bajo el brillo de la luna; la noche se tornó negra… y sucedió.