La niebla, Agnieszka Kawecka

iaia-gagliani-1-2Salía de los rincones más oscuros, inundaba el aire. Nuestro jadeo cesó ante la imagen de la lechosa niebla, tan espesa como el bosque que nos rodeaba.
–Hermoso paisaje, ¿no crees? –musitó, y su piel se estremeció por el frío. Se cubrió con el chal de lana, mientras sus largas piernas se movieron en dirección a la ventana.
Miré los contornos de las contraventanas en donde comenzaban a dibujarse las primeras pinceladas de la niebla. Asentí con la cabeza sin gran entusiasmo. Estaba ardiendo y quería tenerla completa, sin las acostumbradas pausas.
Me levanté y me paré tras ella. Rodeé sus caderas con mis manos. Despacio seguí el camino de las curvas hasta llegar a los muslos. En ese momento su cuerpo se tensó y me empujó con suavidad.
–¿Viste eso? –dijo inquieta mientras sus ojos buscaban algo tras el cristal.
–No.
–Creo que alguien está ahí. Mira.
La niebla avanzaba despacio devorando todo lo que había a su paso. Las siluetas de los pinos se perdían en ese mar blanco que pronto llegaría hasta aquí. La estreché y mis labios recorrieron su cuello.
–Ven, ven conmigo –la jalé hacia la cama, pero ella se quedó inmóvil con las cejas arqueadas en un gesto de asombro.
–Estoy segura de que hay alguien ahí.
–No hay nadie en veinte kilómetros a la redonda –encendí un cigarro mientras el fuego consumía mi entrepierna. Estaba harto de hablar o de ver cosas que no existían. Sólo era la niebla y sus malas jugadas, la conocía demasiado bien para caer en sus engaños, y tampoco permitiría que estropeara la noche. Era mi noche.
–No hay nadie ahí –insistí–. Mejor ven conmigo.
Abrió la ventana y un soplo helado castigó mi espalda. Sus desnudos pechos revolotearon con el aire.
–Ahí está. Mira.
Nuevamente me acerqué sin quitar la mirada de sus senos. Los pezones se endurecieron por el frío. Los apretujé mientras mis ojos recorrían el paisaje. No había nadie. Sólo la espesa nata que ahora deslizaba su lengua blanca por la ventana. Cubría sus caderas, penetrando en los lugares que nunca me pertenecieron.
El fuego subió lentamente desde mis genitales hasta la cabeza. Cerré de un empujón las contraventanas hasta escuchar el crujir de la madera.
–¡Que vengas aquí! –procuré medir mi tono de voz, pero la furia logró perfilarse por mi garganta. El resultado fue que emití un gruñido que la volvió a la realidad.
–¿Qué te pasa? No me grites –sacudió su negra melena que cubrió por un momento sus pechos. Las pinceladas de la niebla aún envolvían su vientre, ondulaban entre su vello deslizándose hacia abajo.
–Perdón, no quise gritarte.
–Ahí hay alguien, a lo mejor necesita ayuda, pero tú sólo puedes pensar en sexo.
Suspiré y contuve mi ira. Di una última ojeada a su cuerpo y me puse el pantalón.
–Bueno, si quieres voy a averiguar para que estés más tranquila.
Se sentó en la cama recogiendo sus piernas hasta la barbilla, mientras su sexo se asomaba entre los muslos. Encendió un cigarro con la mirada clavada en el cristal.
Salí y de inmediato el aliento de la niebla entró en mi boca. Enredó su lengua en la mía. Escupí y avancé empujándola con el pecho. Se enredaba en mi vello, jaloneaba mis tetillas mientras yo recorría los alrededores de la cabaña. Tal como lo había dicho, no había nadie.
Regresé. Seguía sentada en la misma posición. Su cigarro estaba por consumirse.
–Lo vi –murmuró sin mirarme–, estaba desnudo y sus ojos eran completamente blancos.
No entendía lo que me decía, pensé que estaba delirando por el frío. Quise cubrirla con la cobija, pero no me lo permitió. Se levantó y con firmeza abrió la puerta. Después extendió los brazos mientras la niebla envolvía su cuerpo. Antes de que pudiera acercarme, ella había desaparecido. La busqué hasta lo profundo del bosque, pero no encontré nada; sólo los jadeos, toda la noche escuché jadeos y risas. Era su voz. La policía tardó dos días en hallar su cuerpo. Sus pechos estaban surcados por las garras de algo que hasta la fecha los expertos no han podido definir, pero yo sé. Aún tengo el sabor de la niebla en mi lengua y los surcos de garras en mi pecho. Por las noches escucho sus jadeos, los gritos de placer que nunca me dio.

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