Un gran error, Stephen Crane

Un italiano tenía un puesto de frutas en una esquina desde donde podía atraer a aquellos que bajaban de la estación elevada y a aquellos que pasaban por dos calles atestadas. El tendero se sentaba la mayor parte del día en un taburete que tenía colocado de manera estratégica.

Había un chiquillo que vivía cerca, cinco plantas por encima, y que consideraba a aquel italiano como un ser tremendo. El niño había investigado el puesto de frutas. Lo había impresionado como pocas cosas que hubiese visto antes en sus viajes. Allí, dispuestos en asombrosas hileras, se encontraban todos los manjares del mundo en lujuriosos montones. Cuando observaba al italiano sentado en medio de tesoro tan espléndido, el labio inferior se le descolgaba y alzaba los ojos, llenos de un profundo respeto, hacia el rostro del vendedor. Lo adoraba como si estuviese contemplando la omnipotencia.

El niño iba a menudo a la esquina, merodeaba el puesto y observaba cada detalle del negocio. Estaba fascinado por la tranquilidad del vendedor, su majestad de poder y posesión. A veces, estaba tan absorto en la contemplación del puesto, que la gente, a toda prisa, tenía que tener cuidado para no atropellarlo.

Nunca se había atrevido a acercarse demasiado. Tenía el hábito de acechar cautelosamente desde el bordillo. Incluso allí parecía un niño que contemplase, sin estar invitado, un banquete de dioses.

Un día, sin embargo, mientras el niño estaba absorto, el vendedor se alzó y pasando por la parte delantera del puesto, comenzó a dar brillo a las naranjas con un pañuelo rojo. El espectador, sin aliento, avanzó por la acera hasta que su rostro casi tocó la manga del vendedor. Con los dedos retorcía un pliegue de su traje.

Por fin, el italiano acabó con las naranjas y volvió a su taburete, de detrás de un racimo de plátanos sacó un periódico escrito en su idioma, se removió hasta conseguir una postura cómoda y clavó los ojos con fiereza en el periódico. El niño se quedó frente a frente con los innumerables dones del mundo.

Durante un rato fue un simple idólatra de aquel santuario dorado. Después se apoderaron de él unos deseos tumultuosos. Tenía sueños de conquista. Sus labios temblaron. Entonces se formó en su cabeza un pequeño plan.

Se acercó sigilosamente lanzando furtivas miradas al italiano. Luchó por mantener una actitud convencional, pero la conspiración estaba escrita en sus facciones.

Por fin se había acercado lo suficiente como para tocar la fruta. De debajo del andrajoso faldón sacó una manita sucia. Aún tenía los ojos clavados en el vendedor con el gesto totalmente rígido, excepto por el labio inferior, que mostraba un ligero aleteo. Extendió la mano.

Los trenes elevados atronaban de camino a la estación y la escalera derramaba gente sobre las aceras. Se podía oír un profundo rugido marino procedente de los pies y de las ruedas que pasaban sin cesar. Nadie parecía ver a aquel chico sumido en tan magnífica aventura.

El italiano dio la vuelta al periódico. De repente el pánico golpeó al niño. Bajó la mano y dejó escapar un suspiro de desesperanza. Durante un instante siguió mirando al vendedor. Era evidente que en su cabeza se producía un gran debate. Su intelecto infantil había definido al italiano. Sin duda era un hombre capaz de comerse a los niños que lo provocaran, y la alarma que le había producido el vendedor al girar el periódico le hizo ver con nitidez las consecuencias que acarrearía el ser detectado.

Pero en aquel momento, el vendedor emitió un gruñido de placer e inclinando el taburete contra la pared, cerró los ojos. El periódico cayó ignorado.

El niño dejó el escrutinio y de nuevo alzó la mano. Se movía con suprema precaución hacia la fruta, con los dedos doblados, como una garra, dominados por una codicia arrebatadora.

En un momento se detuvo y los dientes le castañearon convulsivamente pues el vendedor se movió en sueños. El chiquillo, con la mirada aún fija en el italiano, volvió a extender la mano y los rapaces dedos se cerraron sobre un fruto redondo.

Y estaba escrito que el italiano abriría en aquel instante los ojos. Atravesó al pequeño con una mirada inquisitiva y el niño, con una expresión en el rostro de profunda culpa, puso inmediatamente el fruto redondo en su espalda y comenzó a realizar una serie de enloquecidos y elaborados gestos declarando su inocencia.

El italiano aulló, se puso de pie de un salto, y en tres pasos alcanzó al niño. Lo zarandeó fieramente y de sus deditos arrancó un limón.